Todos hemos experimentado momentos de atemporalidad. Por ejemplo, puede parecer que el tiempo se detiene al estar ante una cascada o al asimilar mentalmente una nueva verdad espiritual. El reino de la eternidad es un mundo sin comienzos ni terminaciones, principios ni fines. Es un mundo sin límites de ningún tipo.
Las cualidades espirituales —tales como la sabiduría, la integridad, la claridad, la energía, la fuerza, la flexibilidad, la alegría y la paz— no nos pueden ser arrebatadas porque es Dios quien las otorga. ¡Así que paremos el péndulo!
Cada vez que pensaba que tenía una parte corporal deformada, o que no podía usar el pulgar normalmente, o que esta enfermedad era una consecuencia natural del envejecimiento o la herencia, refutaba con vehemencia esas creencias erróneas con la verdad de que el hombre refleja la bondad de Dios.
Neguémonos a permitir que la creencia en la edad nos tiente a sentirnos o a ser limitados. Dios no ve a nadie como si tuviera tantos años, o como si fuera joven. La única etiqueta que nos corresponde es “hijo eterno de Dios, hecho a Su imagen”.
Aunque nuestro enamoramiento por la chica se desvaneció, nuestra amistad perduró. Esto era el Amor reflejado en el amor.
Me sentí impulsada a abordar la situación desde una perspectiva espiritual. En ese momento, mi hermana era Primera Lectora en Primera Iglesia de Cristo, Científico, en Rosario, y compartió conmigo diferentes pasajes de la Biblia y Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, escrito por Mary Baker Eddy, que podían ser útiles.
Comprendí que mi audición está intacta para siempre, que puedo escuchar la voz de mi Padre porque Él se comunica directamente con mi conciencia. No hay intermediarios entre la Mente única y su idea.
Pude agradecer tanto a la enfermera como a la practicista de la Ciencia Cristiana por sus servicios y regresar a casa por mi cuenta. Una vecina amorosa me recibió en el aeropuerto y me ayudó con la compra y los recados. Otra persona cuidó de mi perro y me recordó que la bondad seguía manifestándose en mi experiencia.
Entré en la tienda, afirmando que solo había ocurrido la bondad de Dios, no un tropiezo. Al pensar en esto más tarde, me di cuenta de que la afirmación de Ciencia y Salud “Los accidentes son desconocidos para Dios...” (pág. 424) es en realidad una ley.
Queridos miembros y amigos: Un día, hace mucho tiempo, una gran multitud se reunió para oír a Cristo Jesús pronunciar lo que se conoce como el Sermón del Monte. Sus palabras introductorias recordaron a quiénes lo escuchaban, qué cualidades del pensamiento traen bendiciones, y por qué.