Todos hemos experimentado momentos de atemporalidad. Por ejemplo, puede parecer que el tiempo se detiene al estar ante una cascada o al asimilar mentalmente una nueva verdad espiritual. El reino de la eternidad es un mundo sin comienzos ni terminaciones, principios ni fines. Es un mundo sin límites de ningún tipo.
Siempre he sabido que Dios me ama, y confié en que Él estaba conmigo en ese preciso momento. Sabía que la “voz callada y suave” de Dios nos guiaba a mi madre y a mí. Me sentí inspirada a pensar en los Diez Mandamientos y, en ese momento de temor, quise honrar a mi madre escuchándola.
Inmediatamente, me volví a Dios en oración. Cerré los ojos y comenzaron a fluir las ideas divinas que había aprendido a través de mi estudio de la Ciencia Cristiana: que solo hay un Dios, una Mente, y que Él es omnipresente, omnipotente y omnisciente.
Darnos cuenta de que realmente podemos liberarnos de los pensamientos y acciones erróneas y ayudar a otros a liberarse mediante el perdón me abrió un ámbito totalmente nuevo de pensamiento. Comprendí muy claramente que el perdón que sentía por mi padre venía de Dios.
Al observar y escuchar al Amor, estaremos cada vez menos propensos a ceder ante una influencia que no coincide con el Amor y el bien que tiene para nosotros y para todos.
Cuando los titulares se intensifican, no tenemos que quedarnos atónitos. Podemos enfrentarlos, mental y espiritualmente arraigados en la omnipotencia de Dios, confiados en la inocencia y buena voluntad de la humanidad, y a la espera de las pruebas del Cristo en acción.
En lugar de dejarme llevar por las corrientes mentales de desesperanza, división y animosidad, me mantuve con el Principio divino. Consideré los motivos que podrían haber llevado a los funcionarios municipales al servicio público, como por ejemplo el amor por su comunidad.
Mientras estaba allí ese día, la marea dejó a la vista la extensa playa. La paz mental se había instalado, y la gratitud al divino protector me hizo comprender que la victoria es nuestra, al reconocernos a nosotros mismos y a la humanidad como Su manifestación, y nada menos.
Los pensamientos angelicales me alimentan con seguridad y confianza. Corrigen y sanan mis relaciones. Estas ideas rompen el hipnotismo de las dependencias, o la angustiosa obediencia a ciclos culturales o sociales que me privarían de la libertad, de realizarme.
Empecé a orar con más regularidad para rechazar la creencia común de que el atletismo y las lesiones van de la mano. Glorificar a Dios con las habilidades que Él nos ha dado expresa alegría y libertad. La lesión no forma parte de la creación de la Mente divina.