Reafirmaba la verdad de que Dios mantenía mi bienestar a cada momento de esta intrusión, sabiendo que el único resultado posible para refutar esta mentira —este sueño basado en un sentido material de la existencia— era una victoria espiritual sobre ella.
Gracias a Dios, y a lo que había aprendido y comprendido de la Ciencia Cristiana, lo único dentro de mi conciencia era lo que el sentido espiritual afirmaba: la realidad eterna de la Mente, Dios. Empecé a verme como una expresión de Dios, reflejando perfección y armonía.
Seguí leyendo Ciencia y Salud y aprendí que todos somos hijos de Dios, hechos a Su imagen y semejanza, verdaderamente buenos e inocentes. ¡Qué hecho espiritual tan magnífico!
Por la mañana, cuando despertamos, si nuestro primer pensamiento es la unidad del hombre con Dios, podemos hacer nuestra primera acción del día sabiendo que el poder del Amor es nuestro, que vivimos en el reino de los cielos, donde todo es armonía.
El egocentrismo lleva a pensar que somos personalmente responsables o que somos inadecuados o estamos abrumados. El Ego único es la Mente divina, y la Mente divina está a cargo de todos los aspectos de la iglesia: su crecimiento, su provisión, su unidad y alegría.
Como en las sinagogas de la época de Jesús, así en nuestras iglesias hoy en día, la curación ocurre cada vez que se percibe y siente el espíritu de la Verdad y el Amor. Muchos de nosotros somos testigos vivientes de esto, como indican los artículos y testimonios que se publican mensualmente en el Journal y en sus publicaciones hermanas.
Nunca hay un momento en que pueda estar dolorida y cansada porque Dios nunca está dolorido ni cansado.
Tener la Mente de Cristo es apartarse naturalmente de las limitaciones del egoísmo o la indiferencia y esforzarse, en cambio, genuinamente por comprender y tener compasión por las necesidades de los demás —y responder con la oración a esas necesidades—.
Descarté de inmediato la idea de que no podría participar en todas las actividades que habíamos planeado. Mi confianza estaba en Dios y en la Ciencia Cristiana, basada en muchos años de depender de ellos, así que sabía que estaría bien.
Lo importante para quien trabaja activamente en el servicio a Dios —ya sea como practicista, maestro, conferenciante, lector, miembro de la iglesia en una junta o comité— es vigilar sus propios pensamientos. Debe asegurarse cada día de no permitir que, ni la más mínima sugestión negativa, se aloje en su conciencia que pueda posteriormente ser blanco del mal.