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Brillen como luces en el mundo

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 8 de junio de 2026


Aunque podemos entrar en una tienda para comprar una bombilla, una vela, una linterna —algo que pueda emitir luz—, es esclarecedor que ningún mercado ni vendedor venda nada que pueda emitir oscuridad. Esto se debe a que la oscuridad es simplemente la ausencia de luz. La única forma de oscurecer una habitación, por ejemplo, es bloquear la luz o apagar la fuente de luz. No obstante, la oscuridad puede parecer muy real.

El mundo con frecuencia puede parecer tan oscuro, y esta sensación no se debe a que la luz solar no llegue a la Tierra. Muchos han luchado con pensamientos sombríos. Otros pueden sentir que ciertas acciones y decisiones que les afectan arrojan una sombra de oscuridad sobre todo. Pero Cristo Jesús, al dirigirse a sus discípulos en su conocido Sermón del Monte, les asegura que ellos son la luz del mundo (véase Mateo 5:14-16). Y esa luz que brillaba a través de ellos, su naturaleza y carácter espirituales, en realidad brilla a través de todos. Entonces, quizá nos preguntemos cómo podemos ver, experimentar o sentir esta luz, especialmente porque, si realmente está presente, debería disipar la sensación de oscuridad.

El apóstol Pablo, al escribir a la iglesia en Corinto, da una respuesta: “Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Corintios 4:6). ¿No muestra esto que la luz inherentemente presente en todos, como fue ejemplificada en Jesús, es el Cristo?  

Mary Baker Eddy, quien descubrió la Ciencia del Cristo que Jesús enseñó a sus discípulos, escribe en Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras que el Cristo es “una influencia divina siempre presente en la consciencia humana”, iluminándola con la evidencia que demuestra que Dios está con nosotros; “Emanuel” (pág. xi). En otras partes de Ciencia y Salud, también se refiere al Cristo como “la estrella guiadora del ser” y el “lucero matutino de la Ciencia divina” (pág. vii).

Muchos buscan esta luz, ya sea que lo sepan o no. Si anhelamos experimentar este lucero matutino que disipa la oscuridad, tenemos el ejemplo de Jesús propio del Cristo, y es importante estar dispuestos a seguirlo. En la Biblia, Jesús muestra a cada seguidor cómo amar como él amó, y hacer las obras que hizo y nos mandó hacer.

A medida que obtenemos una comprensión más espiritual de Dios, entendemos mejor quiénes somos como creación espiritual de Dios. Esta no es una lucha ineficaz e inútil, sino práctica y fructífera. A través del estudio relevante de las Escrituras y la vigilancia espiritual, disponemos de las herramientas esenciales que necesitamos para alcanzar esta comprensión espiritual. Muchos también están descubriendo que es indispensable obedecer y adherirse a las reglas que enseña la Ciencia Cristiana para el crecimiento espiritual y el progreso práctico.

Brillar con la luz propia del Cristo no consiste en ser el foco de atención, ni destacarse en algo, ni ser el centro de atención en una reunión, o esforzarse por competir con otros para recibir un trato especial, ni centrarse en la fama o en la notoriedad. Tampoco se trata de la personalidad humana. Más bien, es la alegría de dejar que se expresen las cualidades espirituales que cada uno de nosotros refleja inherentemente y de forma única por ser ideas de Dios. Estas cualidades del Cristo son buenas y están siempre presentes.

La Ciencia Cristiana explica esto al considerar metafóricamente a Dios como el sol, al Cristo como la luz completa del sol, y a todos los hombres y mujeres como rayos individuales (véase Mary Baker Eddy, La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 344). No necesitamos fabricar esta luz propia del Cristo para ser el rayo único y necesario que somos. Es inherente. Nos volvemos más conscientes de ello mediante la inspiración que Dios nos ha dado a medida que verdaderamente deseamos saber qué es y qué significa el Cristo para nosotros y para toda la humanidad, y estamos dispuestos a investigar la Ciencia que hace que este conocimiento sea práctico. Dios, la Mente divina, no reparte inspiración en distintas porciones según nuestro mérito o falta del mismo. Tampoco es una posesión personal. El pensamiento se ilumina a medida que nos volvemos receptivos a los mensajes del Cristo y a las ideas espirituales que Dios nos da constantemente.

Jesús dijo categóricamente que quienes siguen su ejemplo cristiano son la luz del mundo. Y Jesús nos instó a dejar brillar nuestra luz. ¿Cómo podemos hacer eso? Dejar que brille nuestra verdadera naturaleza espiritual implica no solo escuchar los buenos pensamientos que provienen de Dios, sino decidir aceptarlos y ceder a ellos. A veces, esto puede ser toda una lucha, pero cuanto más a menudo optemos por elegir lo bueno, más rápido lo reconoceremos, y, conociendo los beneficios que provienen de dejar brillar esta luz inherente, cederemos más fácilmente al Cristo. La Ciencia Cristiana nos capacita para reconocer que brillamos con la luz del Cristo y muestra cómo probar que esta comprensión puede disipar la oscuridad de manera práctica.

Durante más de ciento cincuenta años, muchas personas han seguido demostrando que las reglas de la Ciencia de la curación-Cristo que se proporcionan en Ciencia y Salud son eficaces. El libro no solo revela la importancia espiritual de la Biblia, sino que las ideas que presenta, cuando se entienden, también conducen a la curación. La Ciencia del Cristo es de fácil acceso y está disponible para que cualquiera la aprenda y la practique. El libro de texto de la Ciencia Cristiana afirma: “Cristo es la verdadera idea que proclama el bien, el divino mensaje de Dios a los hombres que habla a la consciencia humana” (Ciencia y Salud, pág. 332). A medida que escuchamos humildemente, Dios se asegurará de que escuchemos.

Jesús nos garantiza que quien siga su ejemplo propio del Cristo no caminará en las tinieblas. El apóstol Pablo advierte que, como hijos de Dios, incluso en medio de lo que él llama “una generación maligna y perversa”, debemos “[resplandecer] como luminares en el mundo” (Filipenses 2:15). Recordemos que la capacidad de un rayo para irradiar la luz solar de un sol siempre brillante es sin esfuerzo. No podemos evitar brillar como el rayo único —la expresión única de Dios— que somos. Deja que tu luz brille hoy.

Moji George
Miembro de la Junta Directiva de la Ciencia Cristiana

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