Hay tantas cosas que parecen inciertas. Las relaciones internacionales, la economía, el pronóstico del tiempo, la batería del automóvil, el soufflé. No es de extrañarse que los seres humanos sientan necesidad de algo superior a este sentido mortal de la existencia que promete mucho y da poco.
Si hay algo en medio de la experiencia humana que podría ser definido correctamente como seguro — como algo absolutamente infalible — es el Cristo de Dios. La existencia basada en la materia con sus cambios y transformaciones, no satisface. En realidad, es profundamente inquietante. Tal vez no hayamos sentido esto intensamente, pero en nuestro corazón, todos anhelamos algo que no decaiga. Y tarde o temprano, todos veremos al Cristo — que Jesús ejemplificó tan cabalmente — como siempre el mismo. Sentiremos que el Cristo termina con nuestras incertidumbres, que es una presencia infalible, sanadora.
La vida de Jesús ilustró muchas lecciones, y una de las más inolvidables fue que su naturaleza divinamente dotada, el Cristo, jamás podía ser derrotada. Pero ¿muestra eso una perspectiva material? Después de todo, Jesús fue rechazado, traicionado, negado, crucificado. El discernimiento espiritual nos capacita para ver que el Cristo nunca le falló a Jesús. Lo guió triunfante a través de todos esos sucesos hasta que llegó a expresar en su totalidad al Cristo, la idea perfecta de filiación, hasta la ascensión misma.
Los cristianos consagrados tienen la habilidad de ver más allá del restringido punto de vista material. Ese concepto puede parecer acribillado por limitaciones, incertidumbres, derrotas. Pero el punto de vista del Cristo ve la victoria inevitable. Cristo nos capacita para ver más allá de inconvenientes temporales y nos lleva a superarlos.
Si se presenta algún obstáculo en el camino de nuestra salud, nuestra alegría, paz o inspiración, no cerramos los ojos ante él, y si se ha estado interponiendo en nuestro camino durante mucho tiempo, no nos desalentamos por ello. Encaramos de frente el desafío, aun cuando nuestro corazón esté como el de los discípulos cuando, incapaces de sanar al hijo de un hombre, se dirigieron a Cristo Jesús para que les contestara: “¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?” Mateo 17:19.
La respuesta de Jesús fue inmensamente valiosa para todos sus discípulos, tanto para los de hoy en día como para los doce. No les dijo: “El motivo por el que no tuvieron éxito es que los medios espirituales son inadecuados”. En cambio, expuso una posición maravillosamente alentadora: el hecho de que Cristo, la Verdad es eficaz.
Mateo describe la respuesta de Jesús aduciendo que era preciso tener más fe (nada sería imposible para quienes tuvieran fe como un grano de mostaza), y Jesús también exigía oración y ayuno. Ver Mateo 17:20, 21. En cierto sentido, eso fue una reprensión; pero fue mucho más profunda que eso: fue una guía poderosa, una directiva amable, un estímulo perspicaz. Tal enseñanza no era sólo humana esperanza o sólo conservar el valor. Jesús demostró lo que enseñó. Sanó al hijo del hombre. Este incidente ilustró nuevamente lo que toda la vida de Jesús estaba probando: en el análisis final, el Cristo, la verdadera idea de Dios, es infalible.
Es un gran consuelo saber que la Ciencia del Cristo mismo no falla; puede ser demostrada. La Sra. Eddy ofrece este comentario: “Los cristianos que aceptan a nuestro Maestro como autoridad, consideran que sus palabras son infalibles. Los estudiantes de Jesús, no pudiendo curar un caso serio de demencia, le preguntaron a su gran Maestro, ‘¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?’ Él contestó: ‘Este género no sale sino con oración y ayuno’. Esta declaración de nuestro Maestro, respecto al valor, habilidad y seguridad relativos a las leyes divinas de la Mente sobre la mente humana y por encima de la materia para sanar enfermedades, permanece más allá de toda duda como una decisión divina a favor de la Mente”.The First Church of Christ, Scientist, and Miscellany, pág. 190.
La Ciencia de la curación por la Mente es el sistema practicado por el Salvador. Requiere mucho de nosotros. Exige que nos esforcemos por seguir el ejemplo que Cristo Jesús estableció. Debido a una norma tan firme, no es de extrañarse que el Científico Cristiano pueda sentir una aguda decepción si no ha visto todavía los frutos totales de su trabajo. Pero aún la norma está allí para alcanzarse, porque la Ciencia del Cristo es infalible. Al igual que los discípulos, el Científico Cristiano, se eleva por encima de la frustración o el dolor, e intensifica su búsqueda de la verdad que puede sanar tan eficazmente ahora como lo hacía en la época del Salvador.
Para quienes consideran la Ciencia Cristiana imparcialmente, esta religión verdaderamente es una maravilla. Esta curación por medio del Cristo ha reaparecido hace apenas poco más de un siglo, y, sin embargo, personas en todo el mundo confían enteramente en ella para su salud y bienestar. En miles y miles de oportunidades han probado la validez de la insistencia de Jesús en que una fe profunda y comprendida, una oración inspirada y el ayuno del sentido material ciertamente sanan.
La razón de la coherencia total de la curación en la Ciencia Cristiana es que este sistema está basado completamente en las enseñanzas de Jesús; sus palabras están arraigadas en la Verdad. El acto de la curación abarca mucho más que corregir la discordancia. Es la práctica más profunda de la religión; trae regeneración espiritual y cristianización de la vida; da evidencia de que la creación es puramente espiritual: el resultado del Espíritu infinito. Cada curación revela más claramente esta verdad inalterable. Si la curación todavía no se ha efectuado, no es extraño que el Científico Cristiano recurra con mayor fe al Cristo. Determina que nada desvirtuará la promesa del Maestro que el pecado y la enfermedad pueden ser eliminados.
Al pensar en la infalibilidad de Cristo, hay otra dimensión a considerar. La experiencia humana parece ser una combinación de derrotas y victorias. Pero una integridad genuina nos permite ver más que la fluctuación de sucesos materiales. La honestidad pura nos obliga a admitir que, en la verdad final, Dios y el hombre son perfectos; Dios es Espíritu, y el hombre es espiritual, no material.
Tal vez tengamos que aprender algunas lecciones enérgicas, aprender en el proceso de demostrar esta verdad. Desafíos difíciles pueden tratar de derrotarnos, pero en lugar de ello, pueden servir para fortalecer nuestra determinación espiritual de probar la supremacía de Dios y Su bondad infinita. No puede haber ninguna derrota final. Inevitablemente, cada uno de nosotros va a superar cada uno de los obstáculos que quisieran impedir que reconozcamos nuestra perfección innata. No hay excepciones.
Usted y yo tenemos muchos asuntos que resolver para solucionar el problema del ser. Algunos se resolverán pronto; otros, más adelante en nuestro camino hacia el progreso. Sin embargo, ningún asunto quedará sin resolver. A lo largo del camino, nos elevaremos por encima del sentido de derrota temporal a la convicción irresistible de que la bondad de Dios prevalece. Seremos elevados porque el Cristo es infalible.
