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Acordémonos del día de reposo

Del número de agosto de 1984 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


En el relato bíblico que simboliza la creación espiritual de Dios, se nos dice que Dios creó todo en seis días, y acabó y vio que era muy bueno. En el día séptimo “reposó... de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación”. Gén. 2:2, 3. Luego el cuarto mandamiento nos dice: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna”. Éx. 20:8–10.

Estos pasajes indican una actividad en dos etapas. Una etapa consiste en hacer un alto en nuestro trabajo habitual, y la segunda, en ocuparnos del descanso sagrado, es decir, la actividad espiritual dedicada al servicio de Dios. Desde los tiempos después del exilio, el mayor énfasis fue puesto en hacer un alto al trabajo de rutina. La mente carnal (un sentido material de la existencia) siempre ha sido un amo cruel y temeroso. Siente temor de que sufrirá (quizás de no llegar a ser lo suficientemente rico) si permite que el trabajo humano cese, y no permitirá por su propia voluntad que las actividades materiales se detengan. Dejada a su libre albedrío, la mente carnal o mortal nunca encontrará o permitirá tiempo para un día de reposo: para nada que se dedique enteramente al servicio de Dios, el Espíritu. El cuarto mandamiento pone así el peso entero de la ley divina en apoyo de la exigencia espiritual para que se haga una interrupción con regularidad en el incesante y afanoso trabajo de la mente mortal, a fin de que pueda tener lugar el día de reposo.

Sin embargo, es mucho más fácil hacer realmente un alto en la actividad humana, que asegurar humanamente que un descanso espiritual — una actividad dedicada solamente a Dios — está reemplazándola.

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