La mayoría de nosotros podemos, en cierto momento, identificarnos con la angustia del Apóstol Pablo, quien escribió a los primeros cristianos en Roma: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”. Rom. 7:19. Todo sincero cristiano quiere ser bueno, hacer el bien, y tener buenos pensamientos. Y él o ella desea comprender mejor la impotencia de las tentaciones del mal.
De manera que en esos momentos en que nos sintamos tentados, la exposición de Pablo de sus luchas relatadas en los capítulos 7 y 8 de la epístola a los Romanos, puede servirnos de dirección, instrucción y aliento.
Pablo tuvo éxito en sus esfuerzos por resistir la tentación de hacer el mal. Su vida después de su conversión es un testimonio del hecho de que fue capaz de vencer las malas sugestiones de la mente carnal, de acercarse a Dios y así espiritualizar su pensamiento y vida diaria. Hay mucho que podemos aprender de sus enseñanzas.
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