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[Original en portugués]

Me hallaba muy feliz, alegre, y con buena salud cuando encontré la...

Del número de enero de 1986 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


Me hallaba muy feliz, alegre, y con buena salud cuando encontré la Ciencia Cristiana. En ese tiempo vivía en la ciudad de Nueva York, tenía un buen trabajo y buenas amistades. Pero algo me faltaba, y no sabía qué era. Vivía por fe, como dice la Biblia (Hebreos 11:1): “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”.

Cuando supe de la Ciencia Cristiana por medio de un compañero de trabajo, inmediatamente sentí que había encontrado lo que me había estado faltando. Comencé entonces a estudiar profundamente la Ciencia. No sabía que tenía tal “hambre y sed” de una comprensión espiritual acerca de Dios y del hombre. La Ciencia Cristiana fue verdaderamente lo más maravilloso que llegó a mi vida.

Desde el día en que encontré esta perla, sentí un deseo enorme de compartir la Ciencia — la clave para la felicidad genuina — con la gente de mi país. Así es que cuando volví a mi patria, trabajé con otra estudiante de Ciencia Cristiana (a quien conocí después de mi regreso) para organizar un grupo de Científicos Cristianos, el cual recientemente ha sido reconocido por La Iglesia Madre como Sociedad de la Ciencia Cristiana. Este compartir también nos ha guiado a establecer otro grupo de Científicos Cristianos en una ciudad al norte de Portugal. Ambos grupos continúan creciendo.

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