Hubo Una Época en que pensaba que la Navidad era solamente el 25 de diciembre. Día que marcaba la culminación de una maratón de una semana de podar árboles, hacer galletitas, envolver regalos y hacer planes especiales con los niños. Esa actividad, a veces alegre, otras llena de frenesí, continuaba hasta después de la Nochebuena, cuando mi esposo y yo tratábamos de preparar las cosas para la "mañana de Navidad" (que para los chicos eso significaba: ¡abrir los regalos!), y para el gran almuerzo con toda la familia. Finalmente, en las primeras horas de la madrugada caíamos exhaustos en la cama.
Después, con los primeros rayos de luz, gritos de alegría surcaban el aire. Los chicos venían corriendo a nuestro dormitorio gritando: "¡Despierten!" "¡Despierten!" "¡Es Navidad!" Y con eso, el día oficialmente comenzaba.
Ahora, los niños han crecido, y la Navidad parece muy diferente. No tan solo porque los chicos ya no están y la vida es algo más tranquila. Es que lo que yo comprendo acerca de la Navidad es diferente. Y esta mejor comprensión ayuda a una persona a querer la Navidad aún más. Ayuda a una persona a querer a Dios y a Su Cristo — y a todos los hijos de Dios — mucho más. Hasta ayuda a una persona a tener más afecto por el 25 de diciembre.
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