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El gobierno de Dios en la tierra: "La Carta Magna de la Ciencia Cristiana"

Del número de febrero de 1997 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


El Autogobierno Es vital para nuestra vida. Pero ¿comprendemos bien cuáles son los ingredientes esenciales del buen gobierno, que capacitan no sólo a los individuos, sino también a las instituciones y a las naciones, para gobernarse a sí mismos y para convivir armoniosamente con su prójimo?

Un buen lugar para comenzar es observar atentamente la vida y las enseñanzas de Cristo Jesús, el maestro del autogobierno. Para Jesús, buen gobierno significaba gobierno de Dios. Su respeto y comprensión de los principios fundamentales del gobierno de Dios — que incluye la autoridad, la ley y la aceptación de ese gobierno — le dieron el autogobierno que necesitaba para ejercer exitosamente autoridad sobre la enfermedad, el pecado y la muerte. Jesús comprendió que Dios es supremo, la única autoridad en el universo. Él conocía la ley de Dios, que el hombre está subordinado a Dios, y solamente a Dios. Y Jesús enseñó y demostró, una y otra vez, que aceptar la autoridad suprema de Dios y Su ley, es lo que nos da dominio sobre todo aquello que se opone al bien, a Dios.

La Biblia relata un episodio que tiene cierta trascendencia, cuando un intérprete de la ley se acercó a Jesús y le hizo una pregunta incisiva. Aunque el relato sugiere que el abogado intentaba ponerle una trampa a Jesús, las implicancias de su pregunta eran importantes. Le preguntó al Maestro: "¿Cuál es el gran mandamiento en la ley?" La respuesta de Jesús colocó la ley humana firme y claramente en el lugar apropiado: subordinada a la ley de Dios, a la cual debe adecuarse en última instancia. Véase Mateo 22:35-40. Primero expuso los dos mandamientos fundamentales de Dios: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente" y "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Luego dijo: "De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas".

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