Durante el curso de una intensa conversación, en la que era muy claro que su vida estaba amenazada, Cristo Jesús hizo una de las declaraciones más audaces de todos los tiempos: el mal es irreal. Dijo que ninguna verdad, ni una pizca de verdad, puede encontrarse en una manifestación del mal, cualquiera sea, y que el diablo, un término bíblico para el mal, es “mentiroso, y padre de mentira” (Juan 8:44). Jesús enseñó, esencialmente, que la aparición del mal siempre debe verse como una mentira, una presentación engañosa de las sugestiones que contradicen la verdad acerca de la creación exclusivamente buena de Dios. Después, con extraordinaria precisión, lo demostró.
De hecho, Jesús demostró la irrealidad del mal durante todo su ministerio y misión sanadores. Él sanó a los enfermos instantáneamente. Paró en seco los efectos destructivos del clima. Redimió y transformó el carácter de individuos inescrupulosos en el acto, cuando ellos fueron receptivos a las oraciones de Jesús. Jesús demostró la irrealidad del mal en tal medida, que aun cuando la gente en puestos de poder conspiraron para matarlo, aun cuando su ánimo pudo haberse sentido quebrantado al ver que todos, con excepción de unos pocos amigos, negaban su misión, e incluso cuando las así llamadas fuerzas destructivas de la materialidad debieron haber terminado con su vida, él, no obstante, triunfó sobre la muerte y la tumba. Jesús dijo de sí mismo: “Confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).
En su mensaje de despedida a sus discípulos, y a todas las generaciones futuras de cristianos, Jesús dejó claras instrucciones respecto a la necesidad que todos tenemos de continuar el trabajo de declarar y demostrar la irrealidad del mal, la imposibilidad de que haya un poder opuesto a Dios, el bien infinito. Él dijo: “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes; y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Marcos 16:17, 18).
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