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Permanecer en nuestro camino inspirado por Dios

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 12 de agosto de 2019


Todos tenemos momentos en la vida en que necesitamos tomar decisiones fundamentales. Cuando pensamos en qué debemos hacer, e incluso cuando oramos para saber la forma correcta de salir adelante, tal vez seamos tentados a ser influenciados por las opiniones de los demás. Sin embargo, a lo largo de los años he aprendido a escuchar detenidamente y a estar atenta a las indicaciones de Dios. 

Dios, la Mente infinita, está comunicando la comprensión que necesitamos ahora y eternamente. Para escucharlo, debemos mantener abiertas las líneas de comunicación por medio de la oración, escuchando constantemente, atentos a las ideas inteligentes de la Mente divina. La oración requiere que dejemos de lado los pensamientos y planes preconcebidos y con humildad estemos dispuestos a ceder a la dirección de la Mente divina. Entonces, como dice la Biblia: “Tus oídos oirán detrás de ti una palabra: Este es el camino, andad en él, ya sea que vayáis a la derecha o a la izquierda” (Isaías 30:21, LBLA).

Cada uno de nosotros posee la capacidad de hacer esto por medio del sentido espiritual del cual el texto fundamental de Mary Baker Eddy sobre la Ciencia Cristiana dice que es “una capacidad consciente y constante de comprender a Dios” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 209). Podemos orar para saber que nada puede obstaculizar nuestro sentido espiritual, nuestra capacidad para estar en comunión con Dios y escuchar Su dirección.

Una época importante que tuve que enfrentar fue cuando estaba en la universidad y me sentía incómoda con la decisión que había tomado de obtener una licenciatura en física o matemáticas. Mi padre era ingeniero eléctrico, y en el bachillerato me había encantado trabajar con él en mis tareas de matemáticas y física, así que me pareció natural seguir sus pasos orientados hacia la tecnología.  

No obstante, cuando entré a la universidad, me sentí impulsada a pensar más profundamente en el significado de la vida y mi lugar en ella. Comencé a estudiar seriamente la Ciencia Cristiana y aprendí más acerca de Dios y mi relación con Él como Su reflejo espiritual completo (véase mi artículo en el Sentinel “A spiritual awakening in the dorm,” August 3, 1998). Consideraba que el estudio de la Ciencia Cristiana era tan importante para mí como cualquier clase académica que estuviera tomando, así que leí Ciencia y Salud de tapa a tapa, orando para comprender cómo debía aplicar lo que estaba aprendiendo a mi experiencia universitaria. Por medio de mi estudio y oración, descubrí que tenía talentos e intereses que me dirigían en la dirección de transformarme en practicista de la Ciencia Cristiana, lo que significaba dedicarme totalmente a la práctica pública de curación por medio de la oración.

Al pensar en cómo desarrollar las amorosas y compasivas cualidades que se requieren para ser practicista, me vino la idea de hacer una licenciatura en teatro. Vi claramente que eso no solo me ayudaría a comprender mejor el comportamiento humano, sino que también me ayudaría a superar mi enorme timidez. Sintiéndome divinamente guiada a cambiar de carrera, seguí ese nuevo curso de estudio, aunque preocupada por la reacción de mi padre. Estaba convencida de que él estaría profundamente decepcionado de que no siguiera su camino.

Al continuar mi sincero estudio de la Ciencia Cristiana, me di cuenta de que por ser la hija de mi amado Padre-Madre Dios necesitaba obedecer primero a mi Progenitor divino. Reconocí que mi padre también era hijo de Dios. Y todo resultó bien. Mi papá estuvo de acuerdo en que yo necesitaba encontrar mi propio camino en la vida. En los años que siguieron, mi licenciatura en teatro y mi estudio consagrado de la Ciencia Cristiana realmente me ayudaron a superar mi timidez, y mi papá y yo continuamos teniendo una relación estrecha y afectuosa.

La verdadera medida de éxito está en cuán bien escuchamos y seguimos la guía de Dios.

He tenido muchas experiencias en las que me he sentido impulsada a seguir la guía de Dios en lugar de ceder a la presión que ejercen los demás. He aprendido a no juzgarme a mí misma según las opiniones de otras personas o las normas de riqueza, poder y prestigio del mundo. La verdadera medida de éxito está en cuán bien escuchamos y seguimos la guía de Dios. Y a medida que he valorado más la declaración de “Bien, buen siervo y fiel” (Mateo 25:21) de mi Padre celestial, he sido bendecida en abundancia.

Nuestro camino inspirado por Dios es perfectamente adecuado para nuestra verdadera naturaleza espiritual, aunque puede o no ser congruente con el diseño preconcebido que tienen los demás para nuestra vida. A veces, gente cercana a nosotros puede que se sienta decepcionada de que no hayamos seguido el camino que ellos piensan es mejor o natural para nosotros. Pero tomar decisiones en respuesta a la presión personal podría llevarnos por el camino equivocado, el cual con el tiempo lleva a la insatisfacción y a la necesidad de desandar nuestros pasos. Para sentirnos verdaderamente realizados, debemos “[Ser] fiel a la divina voz / [ser] fiel a tu supremo ideal” como dice el himno de Kate L. Colby (Himnario de la Ciencia Cristiana, N° 20). 

Nuestro profundo amor por nuestro Padre-Madre Dios nos inspira para que estemos dispuestos a escucharlo y a seguir Su guía, aun después de haber escuchado y considerado respetuosamente el consejo bien intencionado de la familia, los amigos o quizás los maestros. La Sra. Eddy escribe en su libro Retrospección e Introspección: “Una regla general es, que mis alumnos no deben permitir que otros alumnos gobiernen sus movimientos, aunque ellos sean maestros y practicistas de la misma fe bendita” (pág. 82). Las ideas más útiles que me ha dado la gente son aquellas que me han ayudado a comprender cómo hacer algo, en lugar de lo que debo hacer.

Cuando actuamos con móviles que cumplen el propósito de Dios y benefician a nuestro prójimo, Él nos da el valor para arriesgarnos a enfrentar la censura de los demás. Y a medida que ganamos confianza en nuestra capacidad para escuchar Su dirección, resulta más fácil manejar la crítica y la presión, por más agresivas que se presenten.

Comprender que todos tenemos un lugar especial divinamente ordenado en el reino de Dios nos libra de compararnos con los demás o competir con ellos. Cuando oramos para saber que cada persona está en su lugar correcto, la envidia y los celos se evaporan. Si sentimos el deseo de emular los logros de otros, podemos orar: “Dios mío, ¿qué quieres que yo haga? ¿Es esta parte de mi misión?”. Podemos confiar en que Él nos revelará lo que necesitamos saber para demostrar nuestros propios talentos tan únicos. Si son diferentes de lo que nosotros habíamos pensado, podemos olvidarnos de eso y confiar en que Dios nos guiará para que estemos en un plan más adecuado para nosotros.

 Me encanta pensar en una alentadora declaración de Retrospección e Introspección: “Cada individuo debe llenar su propio nicho en el tiempo y en la eternidad” (pág. 70). Mi experiencia me ha demostrado que llenar ese nicho no es tan solo un deber, sino también un privilegio y una alegría. No estamos aislados de los demás, trabajando solos; vivimos en la familia universal de Dios, y nos apoyamos y complementamos unos a otros.

Dios, el creador de todo, nos ha dado a cada uno una misión y un propósito que nadie más puede cumplir. El hombre espiritual —la individualidad espiritual de todos— está hecha a imagen y semejanza de Dios, el Espíritu, y expresa todas Sus cualidades en una colección única de talentos. Nuestro trabajo es estar en comunión con Él para poder discernir Su dirección en nuestra vida mientras se va desarrollando momento a momento. A medida que cada uno de nosotros escuche atentamente y siga la guía de Dios, encontraremos más paz y progreso. Él solo quiere el bien para cada uno de nosotros y está guiando cada uno de nuestros pasos. Simplemente necesitamos abrir nuestros corazones a Su guía, y descubrir y cumplir con nuestro maravilloso propósito divinamente ordenado.

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La explicación divinamente inspirada de la Sra. Eddy sobre la misión de El Heraldo de la Ciencia Cristiana, fundado en 1903, se ha convertido en símbolo de las actividades del movimiento de la Ciencia Cristiana que abarca al mundo. Las palabras de la Sra. Eddy figuran en la inscripción de la cornisa del edificio de La Sociedad Editora de la Ciencia Cristiana: para proclamar la actividad y disponibilidad universales de la verdad. El Heraldo es una expresión tangible del interés de nuestra Guía en compartir con toda la humanidad el inapreciable conocimiento de la Ciencia de la Vida. La Sra. Eddy comprendió que el Consolador había venido “para la sanidad de las naciones”.

Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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