Mi marido y yo estábamos acampando en nuestro remolque de viaje en una remota zona montañosa y acabábamos de hacer un recorrido de treinta y dos kilómetros en bicicleta. Esa noche, noté que al anillo de bodas, reliquia de la familia que había estado usando, le faltaba el diamante principal. Al principio me sentí consternada porque le quería regalar ese anillo a un pariente, y ahora parecía no tener ningún valor. Pero al pensar en lo que representaba —el amoroso desarrollo y provisión de Dios en mi vida— me di cuenta de que su verdadera sustancia jamás podría perderse.
Mientras oraba, afirmé que no vivimos en un mundo de agujas en un pajar con trozos de materia esparcidos al azar. La creación de Dios no es material en absoluto; es el reflejo de la Mente infinita. Para mí era muy claro que el universo está compuesto por el Espíritu y sus ideas, cuya relación y lugar son mantenidas para siempre por la ley divina.
Llevamos nuestro vehículo por la ruta de la bicicleta, buscando un brillo resplandeciente, pero solo encontramos grava y piedra. Cuando regresamos al remolque y mi marido empezó a prepararlo para llevarlo a nuestro siguiente destino, dirigí mi vista hacia la belleza que nos rodeaba. Al principio, tuve la tentación de sentirme decepcionada, pero declaré con firmeza que no estaba renunciando a la verdad que había percibido. Independientemente de si encontrábamos el diamante o no, yo conocía los hechos espirituales que Dios me estaba revelando.
Justo en ese momento, mi marido me llamó. Mientras se preparaba para levantar el remolque, vio una pequeña hendidura debajo del bloque de madera que sostenía el gato, y señaló un destello que salía de allí. Era el diamante.
Lloramos y nos abrazamos, no solo por haberlo recuperado, sino también por la verdad que habíamos aprendido y visto demostrada. Estábamos maravillados por nuestro asombroso Dios y la seguridad que nos daba de la Mente infinita e inteligente.
Más tarde en ese viaje, antes de encontrarnos con amigos para hacer senderismo y ciclismo, de repente no pude andar erguida o sin dolor. Sentía como si en mi espalda algo estuviera fuera de lugar. Oré con la misma verdad: que no estaba hecha de trozos de hueso y músculo que pudieran separarse de la adecuada relación entre sí. La ley de Dios mantiene todo en su lugar correcto, y el hombre expresa la libre actividad del Amor y el Alma. No hay debilidad ni falla en nada que Dios haya creado.
Sané muy rápido y tres días después empecé un recorrido en bicicleta de treinta y cinco kilómetros con total libertad. Pude participar en todas las actividades con nuestros amigos sin impedimento alguno.
Cindy Martin
North Fork, California, EE. UU.
