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La Biblia: Nuestra guía suficiente

“La carne para nada aprovecha”

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 13 de julio de 2026


El Libro de los Hechos en la Biblia relata la curación de un hombre que había sido “cojo desde el vientre de su madre” (véase 3:1-8, KJV). Sus amigos lo llevaban cada día hasta una de las puertas del Templo Judío en Jerusalén para que pudiera mendigar. Después de la ascensión de Jesús, sus discípulos Pedro y Juan se encontraron con este hombre al entrar al Templo para orar. Cuando les pidió limosna, Pedro respondió: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”. Pedro entonces tomó la mano del hombre y lo  hizo ponerse de pie. La Biblia registra: “Y de un salto se levantó, y caminó, y entró con ellos al templo, caminando, saltando y alabando a Dios”.

Desde una perspectiva material, puede parecer que Pedro y Juan realizaron mentalmente algún tipo de operación quirúrgica en la parte inferior de las piernas del hombre, corrigiendo el defecto de nacimiento y dándole la fuerza para caminar. Pero la curación fue mucho más extensa que eso. Si las oraciones de los apóstoles solo hubieran corregido una deformidad física, el hombre aún habría necesitado meses de lo que ahora llamamos “fisioterapia” para desarrollar la coordinación y el equilibrio necesarios para mantenerse erguido y caminar —y ni que hablar para saltar en el aire y  caer de pie—. No obstante, este hombre caminaba y saltaba como si nunca hubiera estado discapacitado.  

La minuciosidad e inmediatez de la curación del hombre anulan la sugestión de que la curación se logró mediante el ajuste de huesos y tendones materiales. Pedro y Juan operaban claramente desde una base superior a la fisiología. Seguían el ejemplo de su Maestro, Cristo Jesús, quien enseñó que “el espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha” (Juan 6:63). Con esa comprensión de la supremacía del Espíritu, elevaron al cojo a su legítima estatura. Este es el mismo método de curación que emplea la Ciencia Cristiana hoy en día.  

Cristo Jesús sanó todo tipo de enfermedades y pecados, incluso resucitó a los muertos, rechazando la apariencia física de la enfermedad y las llamadas leyes de la fisiología que decían gobernar al hombre. Estas creencias “para nada aprovecha[n]” tanto ahora como entonces. El poder vivificante que sana y eleva es el Espíritu, Dios.  

Jesús reconoció que, como nos dice el primer capítulo del Génesis, Dios hizo al hombre a Su propia imagen y semejanza. Puesto que Dios es Espíritu, Su imagen y semejanza debe ser, por lo tanto, espiritual —completamente desvinculada de cualquier forma de materialidad—. Jesús reconoció que Dios es el Padre del hombre y mostró constantemente a quienes lo escuchaban —mediante su obra sanadora— que un Dios de Amor infinito jamás querría que Su amado hijo sufriera deformidad, enfermedad, escasez o sufrimiento de ningún tipo. Esa percepción correcta del tierno cuidado que Dios brinda al hombre sanaba toda condición errante.

Fieles a la enseñanza de Jesús, Pedro y Juan utilizaron este mismo método de curación cuando se encontraron con el hombre cojo. Rechazaron la sugestión de que este hombre fuera un organismo material dependiente de huesos, músculos y tendones para la locomoción. Ellos contemplaron, en cambio, a una idea espiritual de Dios que reflejaba la fuerza, gracia, movilidad y libertad que nuestro Padre celestial otorga. 

Al hombre no le faltaban esas cualidades. Simplemente estaban ocultas por el mesmerismo de la creencia material, que afirmaba que el hombre había nacido en la materia con un cuerpo defectuoso. La visión elevada de Pedro y Juan rompió el mesmerismo e iluminó el verdadero estado de salud y vitalidad del hombre. Ahora todos en el Templo podían verlo más claramente, caminando, saltando y alabando a Dios.

¿Y qué pasó con los pies y los huesos del tobillo del hombre? ¿Cómo “se le afirmaron”? En la Ciencia Cristiana aprendemos que la materia es el estado subjetivo de la mente mortal —el falso sentido de vida, sustancia, inteligencia y hombría—. La materia, incluyendo lo que percibimos como el cuerpo físico, no es sustancia; es un concepto mental falso. En Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Mary Baker Eddy, la Descubridora de la Ciencia Cristiana, escribe: “Lo que se denomina materia no manifiesta nada sino una mentalidad material” (pág. 173).

A medida que la comprensión espiritual eleva y aparta nuestra mentalidad del falso sentido de salud y sustancia basado en la materia, los errores de la creencia material comienzan a desaparecer. Puede que no percibamos instantáneamente la completa naturaleza espiritual de toda la realidad. Pero las transgresiones más atroces a la bondad de Dios, entre ellas el sufrimiento, la enfermedad y la deformidad física, desaparecen cada vez más. El hombre cojo en la puerta del Templo seguía siendo  percibido por él mismo y sus semejantes como un ser humano finito, pero sus pies y huesos del tobillo ya no se consideraban deformes ni carentes de fuerza. 

La mentira de la mente mortal había sido expuesta de forma convincente. ¿Pero era el fin de esa mentira, que había engañado al hombre y a sus amigos durante todos esos años, el fin de todas las mentiras de la mente mortal? Por supuesto que no. La mente mortal simplemente cambió su narrativa por otra mentira diferente —incorporando suficientes hechos recién revelados para que parecieran plausibles, mientras seguía insistiendo en su pretensión de que la salud y la vida dependen de la materia—. La antigua mentira era que el hombre había nacido con una discapacidad incurable. La nueva mentira era que las oraciones de Pedro y Juan habían ajustado el físico del hombre, dando a la materia la fuerza para caminar.  

El argumento de la mente mortal puede resumirse así: “Yo soy quien dicta las leyes de salud. Dios solo puede sanar haciendo que la materia se ajuste a mis demandas. Una vez que Él haga esto, permitiré que el hombre reanude una vida saludable”. ¡Esto es absurdo! Dios no está subordinado a la mente mortal: relegado a cumplir sus órdenes para establecer la salud. Dios no recibe órdenes de nadie. Y cada curación nos acerca a la comprensión que la mente mortal no es una entidad real o inteligencia  verdadera.

La Biblia nos enseña que Dios, la Mente divina, es supremo y todopoderoso, el único legislador, el que establece y mantiene la salud y el bienestar en todos los seres vivos, incluido el hombre. La salud depende del Espíritu, no de la materia. Como afirma enfáticamente Ciencia y Salud: “La salud no es una condición de la materia, sino de la Mente; ni pueden los sentidos materiales dar testimonio con­fiable sobre el tema de la salud” (pág. 120).   

La curación en la Ciencia Cristiana siempre se produce en el pensamiento. Nos alegramos de un cambio en la condición física porque es prueba de que la creencia en la enfermedad ha sido eliminada del pensamiento, no porque la salud y la vitalidad dependan de la materia. Buscar consuelo y curación en la materia refuerza esa falsa creencia material en lugar de disminuirla. 

La Sra. Eddy nos dice: “Si buscamos placer en el cuerpo, encontramos dolor; si buscamos Vida, encontramos muerte; si buscamos Verdad, encontramos error; si buscamos Espíritu, encontramos su opuesto, la materia. Ahora bien, invierte esta acción. Vuelve tu mirada del cuerpo hacia la Verdad y el Amor, el Principio de toda felicidad, armonía e inmortalidad. Mantén tu pensamiento firmemente en lo perdurable, lo bueno y lo verdadero y los traerás a tu experiencia en la pro­porción en que ocupen tus pensamientos” (Ciencia y Salud, págs. 260-261).

Orar, incluso con la mayor fe y sinceridad, para arreglar las cosas limita nuestra capacidad de sanar. Esta lección me quedó clara poco después de comprar mi primera  vivienda. Un fin de semana, cuando trabajaba debajo de la casa, pequeños trozos de escombro —tierra y astillas de madera— me cayeron en los ojos. Pude quitarme la mayoría con agua. Pero un fragmento quedó incrustado en uno de mis ojos y no cedía. Pasaron los días sin cambios. Mi visión estaba borrosa. Parpadear era incómodo. Y me dolía cerrar los ojos para dormir.

Una semana después, entré trabajosamente a la iglesia en un estado de desánimo y agotamiento, pero también con el anhelo sincero de conocer la verdad. Mientras se leía la Lección-Sermón del Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana, apliqué cada cita a mi situación.   

Pronto me di cuenta de que había abordado el problema desde una base incorrecta. Había aceptado plenamente el testimonio de los sentidos físicos que afirmaban que la visión dependía de los órganos físicos, y que en mi caso un objeto físico duro, afilado e inamovible había dañado uno de estos órganos. Había estado orando toda la semana para mover ese objeto afilado a fin de restaurar mi visión. 

La Lección-Sermón proporcionó una mejor perspectiva. Me recordó que el hombre es espiritual, no está hecho de materia, y que la visión es un sentido espiritual que el creador del hombre le ha otorgado. La visión es eterna, inmutable, indestructible e indolora. La materia no puede tocarla. Salí de la iglesia al final del servicio completamente libre.

Si Pedro y Juan hubieran creído que la movilidad del hombre dependía de las piernas materiales, no podrían haber dado al cojo la capacidad para caminar. Del mismo modo, si yo hubiera persistido en creer que la vista dependía de los ojos materiales, no habría podido eliminar la creencia intrusa que limitaba mi visión.

En la Ciencia Cristiana, la curación física es un aspecto esencial para glorificar a Dios, como lo fue para Jesús y sus discípulos. Esta curación se logra rechazando las llamadas leyes del físico y la materia, no ajustándose a ellas. Estamos capacitados para hacerlo a través de la comprensión propia del Cristo de nuestro origen y naturaleza espirituales. Recurrir a la materia para sanar menosprecia a Dios, limita el alcance y la inmediatez de la curación, y establece una base inestable para la curación y crecimiento espiritual futuros. Nuestro amoroso Padre-Madre Dios siempre está disponible para sacar nuestro pensamiento del fango de la creencia material hacia la comprensión de nuestra perfección espiritual; un estado de conciencia en el que “la carne para nada aprovecha”. 

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