Sigo asombrada por una curación que tuve hace poco más de un año y que me hizo tomar conciencia del hecho intransigente e inalterable de mi identidad espiritual. Una mañana estaba planchando cuando sentí que un dolor insoportable subía por una de mis piernas y la cadera. Me habría caído, pero logré agarrarme a la tabla de planchar para apoyarme. Respondí de inmediato con un “¡No!” mental y reconocí con firmeza la presencia y el poder de Dios, el bien. Sin embargo, el dolor hacía difícil que me concentrara, así que llamé a una practicista de la Ciencia Cristiana para que me ayudara a orar para sanar.
Al referirse a una declaración del libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras escrito por Mary Baker Eddy (véase pág. 229), me aseguró que la creencia mortal no podía convertirse en una ley que me atara al dolor, a la creencia de vida en y de la materia, ni a un falso sentido de identidad como un mortal envejecido. En cambio, solo la ley de la Mente inmortal, Dios, gobernaba cada aspecto de mi ser, y yo podía reclamar la libertad que Dios me había dado como Su amada imagen y semejanza.
Durante dos días y noches, luché por aceptar la realidad de la perfección presente ante el intermitente dolor e incomodidad. Oré y estudié con persistencia, encontrando muchas citas inspiradoras en la Biblia y en los escritos de la Sra. Eddy, así como en artículos de las revistas de la Ciencia Cristiana en JSH-Online.com. Pero, para ser sincera, buscaba una idea que solucionara este problema —que lo hiciera desaparecer— en lugar de verlo como una oportunidad para crecer en mi comprensión de Dios y mi relación con Él. Me di cuenta de que buscar citas y artículos sobre cómo sanar el dolor no era el enfoque que necesitaba tomar. Así que, en cambio, humildemente le pedí a Dios que me mostrara lo que Él ya sabía que era verdad sobre mí.
Me encanta este versículo tan conocido de Eclesiastés: “He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo; sobre aquello no se añadirá, ni de ello se disminuirá” (3:14). Para mí, expresa la certeza irrefutable del cuidado eterno de Dios por cada uno de nosotros y el hecho de que no podemos desviarnos de nuestra capacidad de comprender y reflejar nuestra fuente divina.
Si bien el dolor había disminuido, una mañana me desperté con la clara sensación de que mi siguiente paso era comunicarme con un practicista diferente. Aunque sabía que Dios, la Verdad, no una persona, es el sanador, era claro que Él dirigía esta decisión. Llamé a la practicista que me estaba ayudando para darle las gracias por su apoyo. Pero antes de que pudiera explicar mi decisión de trabajar con otro practicista, me dijo: “Quiero que sepas que eres libre de comunicarte con otra persona para que ore por ti”. A las dos nos encantó cómo Dios había abierto el camino para este siguiente paso.
Me comuniqué con otra practicista, quien aceptó orar por mí. Me recordó que no existía ninguna ley de Dios que respaldara esa mentira de dolor y que yo tenía la autoridad divina para negar su realidad o necesidad. En mis propias oraciones, debía abordar el temor de que cualquier cosa pudiera impedirme servir a Dios.
Seguí orando con fervor, encontrando muchas citas en la actual Lección Bíblica del Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana que afirmaban mi ser inalterable y armonioso como hija de Dios. Eddy explica: “En la Ciencia, todo el ser es eterno, espiritual, perfecto, armonioso en toda acción” (Ciencia y Salud, pág. 407). En el capítulo “La oración” del libro de texto, redescubrí esta directiva: “Toma consciencia por un solo momento de que la Vida y la inteligencia son puramente espirituales —ni están en la materia ni son de ella— y el cuerpo entonces no proferirá ninguna queja” (pág. 14).
Empecé a moverme con más libertad y le mencioné a la practicista que estaba trabajando con himnos que hacían referencia a la palabra caminar. Me respondió de inmediato que nunca había caminado en la materia, sino que siempre caminaba en el Espíritu. Esto fue un momento de revelación para mí. Comprendí de una manera nueva y profunda que realmente no soy ni he sido material; soy totalmente espiritual, la creación de Dios, del Espíritu.
Este episodio comenzó un miércoles; cuando llegó el domingo estaba en la iglesia dando clase en la Escuela Dominical, y el martes estaba en la escuela primaria de mi nieta, donde había aceptado sustituir a la bibliotecaria mientras ella estaba fuera dos semanas. Este es un puesto que no te permite estar sentado. Era evidente que la curación había sido completa, ya que estuve de pie durante períodos de cinco o seis horas sin ninguna molestia. La dificultad no ha vuelto a manifestarse.
Despierto cada día regocijándome con el Salmos 103:1 de la New Living Translation: “Que todo lo que soy alabe al Señor; con todo el corazón alabaré su santo nombre”.
Joan Clark
Yucaipa, California, EE. UU.
