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Se restaura la esperanza en una Sala de Lectura

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 6 de julio de 2026


Cuando llegué a trabajar en la Sala de Lectura de la Ciencia Cristiana, me sorprendió encontrar a una miembro de la iglesia ya de servicio. Lo primero que pensé fue que podía salir a hacer recados ya que el turno estaba cubierto. Pero mi siguiente pensamiento fue que nunca estoy en el lugar equivocado. 

Como afirma Mary Baker Eddy, la Descubridora de la Ciencia Cristiana, en Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, “Bajo la divina Providencia no puede haber accidentes, puesto que no hay lugar para la imperfección en la perfección” (pág. 424). De manera que, si bien nuestra doble presencia parecía ser el resultado de un accidente, un error de horario, decidí que lo correcto era quedarme y ayudar a mi compañera.  

Tenía pensado pasar la tarde orando por la Sala de Lectura y por nuestra comunidad. Sin embargo, no me sentía inspirada. Estaba enfrentando desafíos en la reparación de mi casa que parecían imparables y, a veces, imposibles de resolver. La preocupación por ellos estaba afectando mi salud, provocándome a veces fuertes dolores de cabeza y otras molestias físicas. Empezaba a pensar que vender mi casa sería la única forma de aliviar una abrumadora sensación de responsabilidad.

También me sentía desanimada por mi filial de la Iglesia de Cristo, Científico. Era tentador aceptar pensamientos tan desalentadores como “Nadie visita nunca nuestra Sala de Lectura” o “La gente está demasiado ocupada como para participar en la iglesia”. Mientras intentaba apartar estas dudas de mi mente, un sentido de inutilidad invadía mi trabajo en la iglesia.

Le pregunté a mi compañera de trabajo si podíamos orar juntas por la Sala de Lectura y la iglesia. Recomendó que empezáramos con la expectativa, y compartió que esperar el bien había dado frutos cuando había trabajado en la Sala de Lectura en el pasado. Me recordó que servir en ella no consiste tanto en abrir las puertas como en abrir nuestro pensamiento. 

Ciencia y Salud afirma: “Cuando el objetivo es deseable, la expectativa acelera nuestro progreso” (pág. 426). Mi compañera de trabajo me contó que empieza cada día pidiéndole a Dios que le envíe a quienes pueda ayudar a sanar. Vi que esta oración trae bendiciones y también adjudica la responsabilidad a Dios, no a nosotros. Dios gobierna, guía y dirige a cada uno de nosotros hacia lo que más necesitamos.

Identificamos sugestiones erróneas —barreras en el pensamiento— que impedirían la entrada a nuestra iglesia o a la Sala de Lectura. Trabajamos para encontrar los hechos contrarios a las falsas pretensiones del sentido mortal, y para reemplazar esas pretensiones con la Verdad divina. Por ejemplo, para refutar la creencia de que la sociedad ya no valora la asistencia a la iglesia, afirmamos que el bien es eterno y perpetuamente atractivo. La Verdad divina —así como el deseo de conocer la Verdad y su eficacia— no podía disminuir ni desvanecerse por el paso del tiempo.

Mientras orábamos juntas, empecé a ver que un sentido limitado de la totalidad de Dios impide que haya frutos. Sin embargo, había una preocupación que me seguía molestando: Los miembros de nuestra iglesia habían hablado previamente de cerrar nuestra filial o fusionarse con otra. Al confesar mi temor a mi compañera, le pregunté: “¿Qué pasa si perdemos nuestra iglesia?” 

Ella respondió: “La Iglesia es ‘la estructura de la Verdad y el Amor’ (Ciencia y Salud, pág. 583). Y la Verdad no puede perderse”. La Sra. Eddy lo confirma cuando dice: “El concepto verdadero jamás se pierde” (Ciencia y Salud, pág. 87).  

Después, compartió una curación impresionante que un familiar había tenido gracias a la oración firme de esta compañera y su renuencia a ceder a la creencia de que cualquier situación está más allá del poder sanador de Dios. Mientras escuchaba, me di cuenta de que, de muchas maneras, yo había permitido que los sentidos materiales determinaran mi realidad. Había aceptado que mi hogar era irreparable o irrecuperable. Había jugado con la idea de vender mi casa, de rendirme y aceptar la derrota. No obstante, la fe de mi compañera de trabajo me inspiró y me alertó para confiar en la promesa de Jesús en la Biblia: “Con Dios todas las cosas son posibles” (Mateo 19:26, KJV).

Reconocí la necesidad de dejar de centrarme en la imagen material, los veredictos y las limitaciones —y dirigirme, en cambio, a la Verdad y al Amor divinos—. Entonces escuché un claro mensaje angelical: “No tienes que sentirte abrumada. Tienes una opción”. Mientras esas palabras resonaban en mi pensamiento, reflexioné sobre mi opción. Podía seguir creyendo que eran problemas irresolubles y que tenía que soportar la carga de una falsa responsabilidad, o podía apartar esos pensamientos y confiar en el Amor divino. De inmediato tomé la decisión de confiar en Dios y vi que las preocupaciones se desvanecían. Me sentí libre por primera vez en muchas semanas.

Cuando mi compañera y yo llegamos al final de nuestro turno, estaba rebosante de gratitud por la bondad de Dios. Al irme, me senté en mi coche un momento para atesorar todas las ideas que habíamos compartido, y me di cuenta de que mi tiempo en la Sala de Lectura me había devuelto la esperanza. ¡Qué regalo! ¿Y no era ese el resultado esperado de visitar una Sala de Lectura? Restaurar la esperanza, y sanar. Mi compañera de trabajo después me dijo que nuestro tiempo juntas también le había devuelto la esperanza. La Palabra de Dios nos bendice a todos. 

Mientras conducía de regreso, pude ver que mi casa y todos los sistemas que había en ella estaban bajo el cuidado de Dios. Dejé de verla como un proyecto interminable de finalizar. En cambio, entendí que el hogar es una idea de la Mente: infinita, ordenada, útil y completa. Confié en la armonía del gobierno de Dios.

En pocos días, el problema principal de la casa se resolvió y otras reparaciones se hicieron rápidamente. Sentí renovada energía y mi alegría aumentó al confiar en Dios. También debo mencionar que los dolores de cabeza y otras molestias físicas desaparecieron en el momento en que comprendí que no necesitaba sentirme agobiada. Además, nuestra querida iglesia filial votó para no fusionarse, cerrar ni mudarse; y ahora estamos creciendo.  

Estoy agradecida por estos frutos, pero aún más agradecida por una tarde inspirada en la Sala de Lectura que restauró la esperanza. Mi compañera y yo seguimos atendiendo la Sala de Lectura cada semana. Esperamos con anhelo orar juntas, alabar a Dios y compartir verdades sanadoras que bendigan a nuestra iglesia y a la comunidad. Antes aceptaba que nuestra Sala de Lectura carecía de actividad, pero ahora la veo como un lugar lleno de Verdad divina, esperanza, progreso y fe.

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