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Solo está superpuesta

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 13 de julio de 2026


A veces la vida parece más grande que una película de Hollywood y los problemas resultan sumamente impresionantes e imponentes.

Cuando nos sentamos frente a una pantalla de cine, podemos ver todo tipo de imágenes: océanos hermosos, persecuciones de autos e incluso edificios en llamas. No obstante, lo que vemos en la pantalla no está ocurriendo realmente en ese momento, aunque pueda parecerlo. Y esas llamas del edificio no están quemando la pantalla ni tocándola de ninguna manera. Si quisiéramos apagar el fuego, ¡no tiraríamos un cubo de agua a la pantalla! Para detener las llamas tendríamos que apagar la fuente de la imagen, el proyector de cine. Entonces las llamas desaparecerían, y no podrían saltar a la pantalla de nuevo ni permanecer, porque no tienen poder propio. Apagar el proyector elimina definitivamente la imagen, por muy aterradora que sea.

A veces, como en la imagen proyectada de una película, la gente piensa que un problema está ocurriendo justo delante de sus ojos y por eso trata de solucionarlo tomando una pastilla, optando por un procedimiento o cambiando la dieta o el ejercicio. Y esto puede producir diversos resultados. Pero hacer esas cosas es un poco como tomar un cubo de agua y arrojarlo a una pantalla de cine para apagar el fuego. Lo que parece un problema físico es en realidad mental. 

En la curación espiritual, lo que vemos como un problema es realmente un pensamiento mortal. Y es como si el pensamiento mortal fuera el proyector que reviste o superpone una imagen de discordia. La respuesta, entonces, es eliminar el pensamiento mortal, y así no puede aparecer en nuestra experiencia. 

En su libro de texto sobre la curación espiritual, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Mary Baker Eddy ofrece ideas claras con el siguiente ejemplo: “Si el caso a ser tratado mentalmente es de tuberculosis, ataca los puntos más importantes incluidos (según la creencia) en esta enfermedad. Muestra que no es hereditaria; que la inflamación, los tubérculos, la hemorragia y la descomposición son creencias, imágenes del pensamiento mortal sobrepuestas en el cuerpo; que no son la verdad del hombre; que deben ser tratadas como error y expul­sadas del pensamiento. Entonces estos males desaparecerán” (pág. 425).  

Esta declaración puede aplicarse para sanar cualquier enfermedad, ya sea considerada curable o incurable, porque explica que lo que vemos como síntomas son tan solo creencias mortales superpuestas y no algo externo que se pueda eliminar, ajustar o manipular físicamente de alguna manera. Son imágenes del pensamiento mortal que deben ser descartados a través del mensaje sanador del Cristo —a través del mensaje iluminado de que somos, ahora mismo, uno con Dios, la Mente infinita, la fuente de todo pensamiento verdadero—.

Como ideas de Dios, somos lo que Dios conoce. Así que no tenemos una mente personal que pueda ser el “proyector”, la fuente falsa. En la unicidad de la Mente, no puede haber creencias mortales, solo los pensamientos eternos de Dios. 

Para aclarar esto un poco más, puesto que nuestro origen divino está en la Mente, somos inocentes incluso de tener creencias mortales. La oración que Jesús enseñó a sus seguidores, que comienza con “Padre nuestro que estás en los cielos” (Mateo 6:9), confirma nuestro origen espiritual. Este origen espiritual es la base misma de toda curación, como explicó Jesús a Nicodemo, el fariseo que lo interrogaba; debemos nacer de nuevo (véase Juan 3:1-7). El nuevo nacimiento es contemplar nuestro ser espiritual puro, que está en Dios, en la Mente, no en la materia. 

Por ser hijos de Dios, el Alma divina, estamos diseñados para expresar equilibrio, belleza y pureza, e incluimos una herencia de salud eterna y un propósito infinito. No nos define el ADN, el azar o el pecado. Por reflejo, todos tenemos una conciencia que el Alma nos ha otorgado y estamos siempre conscientes de la verdad de nuestro ser, que no es tocado por las conjeturas mortales. Puesto que estos son los hechos espirituales de la creación, cualquier fase aparente del pensamiento mortal debe ser ilusoria. 

Abrazar nuestra verdadera herencia como hijos de Dios es como apagar el proyector de cine porque estamos contemplando nuestra unidad con la supremacía de la Mente. Los pensamientos, la consciencia, de la Mente divina expresan amor, bondad, sabiduría, verdad, armonía. 

En consecuencia, el tratamiento de la Ciencia Cristiana abraza nuestra herencia espiritual como hijos de Dios y reconoce cualquier problema que enfrentemos como una percepción errónea de esa herencia divina en lugar de una realidad física. La curación implica regocijarse en la supremacía de la Mente, y al hacerlo, eliminamos del pensamiento —al recibir con agrado la actividad del Cristo— las percepciones erróneas de las creencias mortales y abrazamos lo puro y verdadero. En esto consiste “apagar el proyector”, por así decirlo, con el resultado natural de que el problema desaparece. 

Estas vislumbres fueron muy sanadoras para un hombre que empezó a tener problemas con manchas negras que le dificultaban la visión. Había ido a un optometrista para hacerse un examen. Le dijeron que su condición particular era un precursor del glaucoma, que no había tratamiento para ello y que no podía revertirse. Comenzó a orar y pidió ayuda a un practicista de la Ciencia Cristiana.

La percepción errónea general de la vista es que es personal y proviene de la materia, y está sujeta a las enfermedades, edad, accidentes y herencia. Estas eran las creencias y errores mortales que debían descartarse del pensamiento.

La autoridad para descartar esta percepción errónea se encuentra en el primer capítulo del Génesis, donde ver es espiritual y se origina en Dios. La luz que Dios vio era buena y revelaba la presencia perpetua de toda la creación. Al resumir la creación, Génesis 1:31 dice que Dios vio todo lo que hizo y era completamente bueno (y la palabra hebrea para “bueno” allí tiene una amplia aplicación; en un versículo del Antiguo Testamento incluso se traduce como “amoroso”). Dios, la Mente, discierne cada individualidad que Él incluye, y todas esas creaciones son “verbos” del Amor. Dios no está viendo algo fuera de Sí mismo, algo “allí”, sino está viendo, más bien, todas las infinitas expresiones espirituales que Él incluye.

Como hijo de Dios —una idea individual de la Mente— incluimos todo concepto correcto que Dios creó. Y no podemos ver lo que Dios no hizo. De hecho, ¡no existe nada fuera de lo que Dios creó! Todo lo que podemos ver es lo que incluimos como expresión compuesta de la Mente. La Mente divina ya ha definido y claramente distinguido estas ideas infinitas en belleza, forma, contorno y color. Así que Dios aclara todo lo que vemos, no los órganos materiales, músculos y lentes que pueden ser vulnerables a la edad, el accidente o la enfermedad. 

El hombre de Dios ve con tanta claridad como Dios ve. Naturalmente, entonces, ver con claridad implica expresar la semejanza divina que ya es nuestra. No se trata de vivir con cosas “buenas” o “malas”. Las cualidades reflejadas de bondad, amor, pureza y gracia sustentan el verdadero discernimiento, la verdadera visión. 

La oración sincera del hombre se convirtió en purificar sus pensamientos y acciones al ver su unidad con el Amor divino, la Mente divina. Esta Mente solo se ve a sí misma y a su creación, pura e impecable. En pocos días, al vivir y orar de esta manera, la vista del hombre se despejó por completo y las manchas simplemente desaparecieron. Las manchas en sus ojos no eran algo material que se pudiera eliminar, sino creencias mortales comunes sobre la vista y la edad, superpuestas a la conciencia. Fueron eliminadas del pensamiento mediante la actividad del Cristo, o la verdadera idea de Dios, y la curación fue evidente. Las creencias falsas jamás han formado parte de la conciencia que Dios le ha dado al hombre. 

Así que cuando los problemas parecen mayores que las imágenes en una pantalla de cine, regocíjate de que no haya un proyector de creencias mortales. Las discordias que se ciernen son en realidad impuestas y carecen de realidad. Sin duda, la libertad de una visión espiritualmente clara es inherente a todos los hijos de Dios porque cada uno de nosotros es la imagen y semejanza misma del Amor. El infinito diseño de Dios para la salud, la armonía y la paz es lo que constituye nuestras vidas. Así que nunca podemos perder de vista la claridad del diseño de belleza y gracia del Amor, que está en todas partes.

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