Amigo mío, no es preciso pedir.
¿Acaso la medianoche, con sus truenos de tormenta,
necesita que el sol matutino la perdone?
O, ¿no es que el amanecer simplemente tiene que llegar?
Del número de mayo de 1984 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana
Amigo mío, no es preciso pedir.
¿Acaso la medianoche, con sus truenos de tormenta,
necesita que el sol matutino la perdone?
O, ¿no es que el amanecer simplemente tiene que llegar?