Todos hemos oído hablar de lo inevitable, de cómo cierto curso de acción adquiere un ímpetu trascendental, una vida en sí mismo; de cómo algo va a suceder o no, debido a que algo más ha sucedido o no.
Por ejemplo, podemos pensar que —“inevitablemente” debemos ir a alguna parte o hacer algo o debemos ser alguien, o no ir a una parte o no hacer una cosa o no ser alguien — debido a nuestro estado de salud (malo o bueno), a nuestra cuenta bancaria (abundante o escasa), a nuestra edad y aptitudes (muchas o no las suficientes). O, a la inversa, debido a que siendo la “naturaleza humana lo que es,” con su codicia, su egoísmo, su insensatez, podemos sentir que “inevitablemente” seremos privados de todo.
Si bien es cierto que una combinación de factores humanos positivos puede ser útil, en sí mismos y por sí mismos, esos factores no pueden asegurar nuestra felicidad ni nuestro bienestar. ¿Por qué no? Porque todos los factores materiales son susceptibles a cambios, desgaste y a caer en desuso. Entonces, ¿de qué podemos depender?
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