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Tengamos compasión

Del número de julio de 1986 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


La conmiseración y la compasión pueden ser dos cosas muy diferentes. ¿Nos vemos abrumados sintiendo conmiseración, que sencillamente se apiada con desesperación, o nos mueve la compasión? La respuesta determina hasta que punto podemos ser útil a quien necesite ayuda y al mundo.

Cuando sentimos solamente conmiseración, sin dar ayuda a otro en su desgracia, tendemos a participar de ese sufrimiento. Tal vez estemos afligidos con un sentido de desesperación. Y, aunque parezca que alguien con problemas busca nuestra conmiseración, esto no lo beneficiará necesariamente. La respuesta que permanece sólo a nivel de lástima humana, no es una respuesta sanadora.

Por otra parte, la compasión cristiana viene del corazón, del amor desinteresado por la humanidad, y lleva consigo el profundo deseo de hacer algo, de dar una ayuda verdadera, de sanar. Por medio de las narraciones en las Escrituras acerca del ministerio de Jesús, obtenemos un claro sentido de la compasión dinámica del Maestro. En varias partes de los Evangelios vemos que Jesús verdaderamente “tuvo compasión”. Y cuando el Maestro sentía esa gran compasión, el resultado era la curación.

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