En retrospección, me doy cuenta de que mi vida tomó una dimensión totalmente nueva en aquel momento feliz cuando mi familia conoció la Ciencia Cristiana.
Cuando yo era niña, mi padre falleció súbitamente, dejando a mi madre sola con tres niños pequeños. Una tía mía nos tomó lástima, y vino a vivir con nosotros. Sin embargo, aunque económicamente nunca carecimos de nada, no había mucha armonía en nuestro hogar.
Durante todos los años de mi niñez, y hasta llegar a adulta, yo sufría de problemas del corazón. Tanto mi madre como yo temíamos mis noches de angustia mental. Los pensamientos de la muerte siempre estaban latentes. Vivíamos en un pequeño pueblo rural, cerca del cementerio de la iglesia, y recuerdo que me parecía que las campanas de la iglesia siempre estaban repicando para funerales.
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