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Conocí la Ciencia Cristiana cuando un amigo me prestó un libro...

Del número de febrero de 1990 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


Conocí la Ciencia Cristiana cuando un amigo me prestó un libro que relataba las experiencias de alguien que se había unido al movimiento de la Ciencia Cristiana en sus primeros tiempos. Me atrajo la idea de ser capaz de probar el entendimiento de Dios de manera práctica.

Poco después, me puse en contacto con una practicista de la Ciencia Cristiana. La simplicidad de la verdad espiritual e inspiración que ella compartió conmigo en nuestra primera entrevista me hizo sentir llena de optimismo por la expectativa y la seguridad que tuve de la bondad de Dios. Al irme llevaba un ejemplar de Ciencia y Salud por la Sra. Eddy, firmemente sostenido bajo el brazo, y ese libro, junto con la Biblia, es todavía mi constante compañero. Desde ese día, mi entendimiento y estudio de la Ciencia Cristiana han ido en aumento, así como mi amor por ella.

En cierta ocasión me apareció sarpullido en las manos. No había tenido mucha experiencia como Científica Cristiana, pero estaba segura de que la condición cedería al tratamiento mediante la oración. Entonces comencé a orar por mí misma, esforzándome por aprender más de la perfección de Dios y Su creación espiritual, y la consiguiente inseparabilidad que existe entre el hombre y su Creador. Tuve una notable mejoría, pero, como no fue total, solicité ayuda a una practicista durante unos días.

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