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Asegurémonos de que sabemos la diferencia entre la preocupación y la oración

Del número de abril de 1992 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


Una Paz Indescriptible nos embarga cuando nos volvemos a Dios sin resistencia o reserva.

La oración silenciosa dentro de nuestro propio corazón nos guía al amor y a la seguridad que añoramos y de esta manera nuestra verdadera naturaleza espiritual se nos hace más clara, y nos damos cuenta de que el Amor divino no nos creó para que fuésemos agobiados sin misericordia o para sufrir.

Sin embargo, a veces nos sentimos confundidos — caminamos zigzagueantes durante horas, días o más tiempo — porque no nos volvemos a Dios, nuestra fuente, en busca de renovación. Podemos preocuparnos a tal grado por las exigencias del diario vivir que aceptamos la sugestión de que no hay tiempo para orar o que la oración no nos ayudaría de cualquier manera. Cuando creemos estas cosas, la carga se hace aún más pesada. Este tipo de pensamiento es el resultado de un concepto muy limitado de Dios, que afirma que el Espíritu y su creación son vagos y remotos, y que estamos separados de Dios.

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