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El poder sanador y transformador de la Palabra de Dios

Del número de octubre de 1994 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella (Juan 1:1–5).

La Palabra De Dios nos habla a cada uno de nosotros. Llega individualmente a la consciencia humana de muchas maneras, de tantas como necesidades y percepciones individuales hay. Puede que la Palabra divina como el trueno del Sinaí, nos sacuda hasta la médula de nuestro ser; o, como “una voz callada y suave” * brinde tranquilidad y bienestar al corazón atormentado. Puede descender suavemente como la paloma en el bautismo de Jesús, llegando a nosotros en alas de gracia, tal vez en un período de intensa prueba, ayudándonos a ver que en verdad Dios es nuestro Padre y que aun ahora El nos está rodeando. O la voz de Dios puede golpear nuestro pensamiento como los rayos del cielo: “viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos” Hebr. 4:12., cuando se necesita urgentemente curación o dirección en una crisis.

Mas la Palabra divina no es una acción física ni un fenómeno material. Realmente ni se oye con el oído humano ni se ve con el ojo humano. Viene a la consciencia, comunicándose directamente con nuestro sentido espiritual intrínseco. La Palabra de Dios nos llega como conocimiento consciente de la inteligencia divina, que se manifiesta mediante intuiciones espirituales acerca de lo que es realmente bueno, verdadero y puro.

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