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¡Levántate! Y sigue al Cristo

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 19 de abril de 2019


¿Alguna vez tus esperanzas se han elevado tanto que has sentido el impulso de avanzar en una nueva dirección? ¿Y después viste resultados muy alentadores que elevaron aún más tus expectativas y tu compromiso? ¿Y luego al final ocurrió algo que frustró tus sueños?

Entonces puedes imaginarte, en cierta medida y modestamente, lo que sintieron los discípulos de Cristo Jesús después de su crucifixión.

Uno por uno los doce discípulos originales de Jesús lo habían seguido espontáneamente debido al extraordinario sentimiento de esperanza que él había encendido en ellos. Consideremos a Mateo, por ejemplo. La Biblia lo relata de esta forma: “Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme y se levantó y le siguió” (Mateo 9:9). Algo acerca de Jesús evidentemente conmovió el corazón de Mateo, a tal grado, que él espontáneamente se puso de pie, dejó atrás su profesión ya establecida y se preparó para ir a donde Jesús lo guiara.

Cada uno que se levantó para seguir a Jesús fue guiado a poner a Dios primero en todo; a desarrollar dentro de ellos mismos cualidades tales como mansedumbre, integridad y misericordia; a permitir que la luz del amor de Dios los gobernara, y, al hacer esto, probar que la vida es realmente espiritual, y por ende, eterna. Ellos se sentían sumamente alentados por estas lecciones espirituales que enseñaba Jesús, y especialmente por los resultados prácticos que presenciaban cuando las vidas individuales eran sanadas y reformadas. Pero cuando Jesús fue crucificado, y su cuerpo fue puesto en una tumba, sus esperanzas los abandonaron por completo. Ellos habían creído que, al seguir a Jesús, y alentar a otros a seguirlo, ellos, y los demás, serían liberados de las ataduras de la mortalidad. Y ahora el mismo Jesús había sucumbido a la mortalidad, o así les pareció, hasta que se presentó nuevamente ante ellos, ¡vivo!

La resurrección de Jesús de los muertos fue la prueba final de todo lo que él les había enseñado respecto al poder y el amor vivientes de Dios. Y con esta prueba, los discípulos se elevaron aún más que antes en su esperanza, fe y determinación. Y su esperanza y determinación aumentaron todavía más cuando Jesús ascendió y desapareció de su vista. Ya no dependían de la presencia física de Jesús. Se levantaron para seguir, predicar y probar la Verdad divina de las enseñanzas de Jesús. Después de todo, Jesús había dicho: “Ustedes son verdaderamente mis discípulos si se mantienen fieles a mis enseñanzas; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Juan 8:31, 32, NTV).

Al fin y al cabo, no era la personalidad humana de Jesús lo que había impulsado inicialmente a los discípulos a seguirlo. Fueron la Verdad y el Amor divinos que emanaban de su rostro, eran inculcados en sus enseñanzas, sanaban a los enfermos, reformaban a los pecadores y resucitaban a los muertos. Eso es lo que Jesús esperaba que ellos siguieran, predicaran y demostraran: el Cristo viviente que lo había capacitado para resucitar de la muerte. Ellos solo necesitaban ser leales a sus enseñanzas a fin de romper las ataduras de la mortalidad para ellos mismos y para los demás.

 Una de las cosas importantes que enseñó Jesús fue que, a su debido tiempo, Dios enviaría un Consolador para explicar sus enseñanzas. Este Consolador permitiría a los buscadores sinceros, estudiantes humildes, a comprender las enseñanzas de Jesús lo suficiente como para traer curación y reforma a otros en aras de la salvación total y final del pecado, la enfermedad y la muerte.

Como una dedicada estudiante de la Biblia, Mary Baker Eddy comenzó a percibir, incluso de niña, las lecciones espirituales más profundas del poder de las enseñanzas de Jesús. Cuando era de mediana edad, al orar y leer algunos amados relatos de curaciones realizadas por Jesús, sanó de una condición de la cual nadie esperaba que se recuperara. Deseosa de comprender qué había iluminado su pensamiento y producido su curación, a partir de ese momento, ocupó todo su tiempo durante tres años en investigar la Biblia para comprenderla; y llegó a la conclusión de que Dios le había revelado el Consolador a ella; a su pensamiento receptivo. Y esto fue confirmado con pruebas por medio de las curaciones que realizó; y que otros también podrían realizar después de que se les enseñaran las verdades metafísicas que ella estaba aprendiendo.

En Primera a los Corintios se registra que Pablo escribió lo siguiente: “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana también vuestra fe” (15:14). Y también dice esto: “Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (15:22). La Sra. Eddy aprendió en su estudio de la Biblia que su fe no fue en vano, sino que la verdad que se le había revelado era demostrable. Ella entendió que el relato del segundo capítulo del Génesis, donde dice que Dios creó al hombre como un ser material sujeto al pecado y a la muerte, es un mito, un sueño de vida en la materia. Por otro lado, ella aprendió que el relato de la creación en el primer capítulo del Génesis, que revela al hombre (varón y hembra) como el resultado y reflejo espiritual e inmortal de Dios, era la verdad de la Vida eterna. Por lo tanto, ella comprendió que le había sido revelado el Consolador; que había descubierto la Ciencia divina del Cristo, o las leyes de Dios, que Jesús había enseñado y demostrado.

 En su libro La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, la Sra. Eddy escribió lo siguiente: “La metafísica divina no debe ser objeto de burla; es la Verdad con nosotros, Dios ‘manifestado en carne’, no solamente por medio de milagros y parábolas sino por medio de pruebas; es la naturaleza divina de Dios, que no pertenece a un designio ya cumplido, sino que está siempre presente, echando fuera males, sanando a los enfermos y levantando a los muertos: resucitando a las personas enterradas en vida en el sentido material” (págs. 109-110).

Como estudiante y practicista de la Ciencia Cristiana por muchas décadas, puedo dar testimonio de lo práctica que es esta Ciencia del Cristo. Despierta el pensamiento receptivo, resucita a “las personas enterradas en vida en el sentido material”, eleva sus esperanzas hacia la Vida eterna, las impulsa a seguir la forma de vida del Cristo que Jesús vivió, y les trae curación física y transformación espiritual a ellas y a los demás.

De modo que, reflexiona y celebra la resurrección de Jesús en la Pascua, y cada día.

¡Levántate! Y sigue al Cristo. 

Barbara Vining
Redactora en Jefe

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La explicación divinamente inspirada de la Sra. Eddy sobre la misión de El Heraldo de la Ciencia Cristiana, fundado en 1903, se ha convertido en símbolo de las actividades del movimiento de la Ciencia Cristiana que abarca al mundo. Las palabras de la Sra. Eddy figuran en la inscripción de la cornisa del edificio de La Sociedad Editora de la Ciencia Cristiana: para proclamar la actividad y disponibilidad universales de la verdad. El Heraldo es una expresión tangible del interés de nuestra Guía en compartir con toda la humanidad el inapreciable conocimiento de la Ciencia de la Vida. La Sra. Eddy comprendió que el Consolador había venido “para la sanidad de las naciones”.

Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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