Cuando me levanté a la mañana siguiente, rengueaba un poco, pero pude ir a mi negocio y trabajar todo el día. Oré para ver que mi fuerza y capacidad como hijo de Dios estuvieran intactas para siempre.
La comunicación espiritual se mueve en una sola dirección: desde Dios, la Mente divina, hasta Sus ideas: cada uno de nosotros. Poner cada pensamiento de acuerdo con el Cristo —con la verdadera idea de Dios— exige escuchar con diligencia. Esta escucha es una forma poderosa de oración que sana y cambia vidas.
El hecho es que no hay nada que arreglar en la creación de Dios; solo hay Verdad, toda la Verdad, y nada más que la Verdad. No importa cuán oscuras parezcan ser las cosas, nada puede poner fin a la Verdad.
A lo largo de los años, he tenido muchas pruebas del poder sanador de Dios a través de la comprensión y la práctica de la Ciencia Cristiana, que enseña que el hombre, como reflejo de Dios, es espiritual, no material.
Mi firme adhesión y aceptación de la verdad acerca de la protección del hombre contra los peligros de la conducción también nos ha mantenido a salvo a mis familiares y a mí varias veces desde entonces.
La confianza en la omnipotencia y omnipresencia de Dios, el Espíritu, nos da la autoridad espiritual para silenciar el miedo y vencer la creencia de que la enfermedad es real y puede ser contagiosa. Al cuidar de nuestra familia, oré para sentir esa confianza espiritual.
Comprendí claramente que nunca había dejado de estar bajo el cuidado de Dios. Acepté este hecho y continué orando, afirmando mi unidad y semejanza con Dios.
Aprendí a amar a Dios y a mi prójimo como Jesús nos enseña en la Biblia. Eso había sido difícil para mí antes, porque lo único que veía era a una persona que necesitaba ayuda en lugar de al hombre creado por Dios, como se describe en el primer capítulo del Génesis.
Para progresar al máximo, todas nuestras energías deben dedicarse a espiritualizar el pensamiento. Todo pensamiento que no comience con una visión divinamente inspirada de la existencia es incorrecto, infructuoso y no tiene valor alguno.
A los amigos les preocupaba la posibilidad de que nuestra casa fuera embargada si no la vendíamos, y nadie pensó que encontraríamos un comprador. Pero yo estaba agradecida de que nuestra casa nos hubiera bendecido durante ocho años, y sabía que bendeciría a alguien más.