Seguí orando, aunque fui tentada a sentir que estaba caminando por la cuerda floja sin una red de seguridad. Pero el mensaje divino llegó rápidamente: “Dios jamás nos deja sin una red de seguridad”. Todo el temor desapareció. Estaba a salvo y sabía que podía confiar en ese hecho espiritual, a pesar de no saber cómo se manifestaría.
Afirmaba que yo era una idea espiritual de la Mente divina, Dios, y que era pura y perfecta, y cuanto más no solo creía, sino que también comprendía esto, más sólida y tranquila me sentía.
Ahora veo la senda por donde andar
para seguir al Cristo,
para encontrar el bien divino, Dios,
que sana espiritualmente
La única oración que podía recordar durante este tiempo, si es que se le puede llamar así, fue: “Necesito encontrar mi camino de regreso”. Pero no sabía cómo, ni siquiera si podía. Sabía que no podía salvarme a mí mismo. Lo había intentado y había fracasado estrepitosamente.
La ley divina, tal como se describe y demuestra en la Biblia y se practica en la Ciencia Cristiana, no es simplemente un conjunto de reglas, sino una fuerza activa y viva que trae curación, armonía y prosperidad.
Todos tenemos una función vital que desempeñar para dar testimonio del Amor que es Dios como el único y verdadero motivador de cada uno de nosotros. Comprender esto y orar desde este punto de vista por un vecindario, una comunidad o un mundo tendrá sin duda un efecto sanador.
Lo que sucedió después es una prueba absoluta del poder y el amor de nuestro Padre. Reconocí la presencia de Dios y supe que Él tenía el control. Sin ningún esfuerzo de mi parte, fuimos acomodados suavemente junto a una casa rodante estacionada al costado de la carretera.
Cuando nos sentimos libres, experimentamos paz espiritual y podemos escuchar al Amor divino guiándonos para liberarnos de nuestras cargas. Dejamos el camino abierto para la bondad divina, y sabemos que todas las oraciones son respondidas y que recibimos mucho más de lo que pedimos.
Ese fue el inicio de mi estudio de la Ciencia Cristiana, y marcó un antes y un después en mi vida. En Argentina a veces llamamos a estos eventos “bisagra”, como la de una puerta. Para mí se cerró una puerta y se abrió otra maravillosa —la Ciencia Cristiana— y me trajo muchas bendiciones.
Pasaron muchos meses antes de que pensara en volver a subirme a una bicicleta. Sin embargo, un domingo por la mañana del mes de junio siguiente gané la confianza para reanudar esa actividad después de cantar un himno en nuestra iglesia filial de la Ciencia Cristiana.