The New York Times recientemente informó que en “un gran estudio sobre personas mayores en Dinamarca ... [los investigadores] encontraron algo que no esperaban: Los adultos que se mudaron con frecuencia en la infancia tienen un riesgo significativamente mayor de sufrir depresión que sus homólogos que se quedaron en una comunidad”.
Yo podría habérselos dicho. Para cuando me gradué del bachillerato, me había mudado veinte veces. Veinte mudanzas en 18 años. Rara vez asistía a la misma escuela durante más de un año escolar, y a menudo concurría a dos escuelas diferentes dentro del mismo año.
Cambiar de lugar con frecuencia fue uno de los aspectos más difíciles de la historia de mi infancia. De hecho, cuando leí por primera vez el título del artículo, Moving in Childhood Contributes to Depression, Study Finds” (Ellen Barry, July 17, 2024), tuve que inclinar la cabeza y llorar. No de tristeza, sino con profunda gratitud. Lo que ocurre es que hay aquí una historia de la gracia de Dios. Y estoy muy agradecida de poder contarla.