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Mientras vivía en un pequeño pueblo del oeste de los Estados Unidos,...

Del número de enero de 1947 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


Mientras vivía en un pequeño pueblo del oeste de los Estados Unidos, hace como treinta años, me visitó un pariente a quien no había visto por espacio de un año. En aquella ocasión, me sorprendió oír cuán claramente hablaba, pues había sido tartamudo toda su vida. Al preguntarle cómo se había curado, me contó que había encontrado una maravillosa religión, conocida como la Christian Science, y que con la ayuda de un practicista de la Christian Science, obtuvo su curación.

Deseando saber cómo se verificó esa curación, concurrí a la reunión testimonial del miércoles por la noche de una iglesia de la Christian Science. Me impresionó tanto lo que escuché, que continué visitando esa iglesia con toda regularidad. La sinceridad y jubilosas expresiones de quienes rindieron sus testimonios de gratitud, me convencieron de que por fin había encontrado una religión del todo satisfaciente, que tanto había anhelado. Sin haber estado nunca enteramente satisfecho con mi propio concepto de la Deidad, tuve la sensación de haber encontrado aquello que revolucionaría mi pensamiento en materia religiosa, y que me haría un hombre más feliz y mejor.

A medida que estudiaba sinceramente las Lecciones Bíblicas contenidas en el Christian Science Quarterly (Trimestral de la Christian Science), me dí cuenta del hecho importantísimo de que ciertas leyes básicas de Dios obran en beneficio de la humanidad, y que estas leyes, cuando son aplicadas a cualquier problema, obtienen la solución correcta.

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