A Alejandro le gustaba jugar al fútbol. Pero un día descubrió que no podía correr como solía hacerlo porque le dolía el talón derecho. Pensó que el problema se debía a sus zapatos, por lo cual se compró un par nuevo. Pero la alegría de tener zapatos nuevos no le duró mucho, porque aunque le quedaban cómodos, le seguía doliendo el talón. El dolor era fuerte, y muy pronto jugar al fútbol ya no resultaba divertido.
Ante esta situación, Alejandro se puso alerta. “Yo no tengo por qué aceptar esto”, se dijo a sí mismo. “Soy Científico Cristiano; he aprendido en la Escuela Dominical a negar el error, a verme a mí mismo como el hijo amado de Dios; y he aprendido a poner en práctica estas cosas”.
Alejandro comenzó a pensar en Dios, quien no creó cosas tales como la materia o el dolor. “Todo es perfecto y bueno. El hombre — y eso es lo que realmente soy — es el hijo de Dios, el amante Padre. Por lo tanto, yo soy bueno, fuerte, y estoy libre de dolor”. Alejandro argumentó consigo mismo de este modo y se mantuvo firme en estos pensamientos de Verdad.
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