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En Ciencia y Salud, la Sra. Eddy aconseja (pág. 424): "Los accidentes...

Del número de marzo de 1990 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


En Ciencia y Salud, la Sra. Eddy aconseja (pág. 424): "Los accidentes son desconocidos para Dios, o Mente inmortal, y tenemos que abandonar la base mortal de la creencia y unirnos con la Mente única, a fin de cambiar la noción de la casualidad por el concepto correcto de la infalible dirección de Dios y así sacar a luz la armonía".

Por más de un año he negado en mis oraciones que la suerte sea un elemento en mi experiencia, y he afirmado que el poder y el control de Dios infinito son la única Mente que existe. Mi familia y yo hemos sentido las bendiciones de esta oración consecuente.

Para probar esto me gustaría compartir una experiencia reciente. Estando de vacaciones en otro país, mis compañeros (quienes no son Científicos Cristianos) y yo viajábamos a un lugar especial en la costa. Nuestro objetivo era observar la salida de pingüinos del mar durante el crepúsculo. A medida que recorríamos millas cruzando los pastizales llanos que nos rodeaban, habíamos visto una imponente tormenta eléctrica que venía en nuestra dirección. Nubes negras y púrpuras se movían por el cielo, encendidas con rayos ocasionales de relámpagos intensos. Al oscurecer el día, los relámpagos se hicieron más brillantes y más frecuentes.

Estábamos parados en unos acantilados arenosos en un grupo como de quinientas personas, cuando las lluvias comenzaron. No teníamos paraguas. Como yo era la persona más alta, levanté los brazos, sosteniendo un abrigo para proteger a mis amistades. La fuerza de la tormenta parecía estar por encima de nosotros. De pronto hubo una inmensa explosión de ruido y luz, y caí como si me hubiesen tirado al suelo. Inmediatamente grité (aunque mi voz no se escuchaba bien por estar debajo del abrigo): "Dios está aquí, aquí mismo. Estoy segura en Su cuidado. Dios es el único poder que existe".

Oí los gritos de pánico de la multitud, y le pedí a mis amistades que me ayudaran a ponerme de pie para demostrarles a los demás que yo estaba bien. Sentí como un hormigueo en el cuerpo. Silenciosamente continué reclamando que el hombre de Dios es espiritual y está seguro bajo Su amparo. Entonces vi que cerca de mí también se había caído un hombre cuya familia estaba muy angustiada. Me pareció bien incluirlo en mis oraciones, en mi reconocimiento de que el poder nunca puede estar fuera de control, porque todo poder le pertenece a Dios, el bien.

El hormigueo en mi cuerpo y los temblores se fueron, y pude caminar por mi propia cuenta. Poco tiempo después nos encontramos con una señora que me dijo, con gran alivio, que fue su esposo el que se había caído pero que ya estaba bien. Al alejarnos en el automóvil, pensé que el hombre está separado del sueño, o creencia, de que la materia es real. Como leemos en Ciencia y Salud (pág. 14): "Enteramente separada de la creencia y del sueño de la existencia material, está la Vida divina, que revela la comprensión espiritual y la consciencia del señorío que el hombre tiene sobre toda la tierra".

De pronto pude ver con claridad que no hay sueño, que en realidad todo lo que existe, todo lo que puede haber, es Dios y Su hombre perfecto y espiritual.

Mi gratitud por esta prueba de la presencia infalible de Dios es ilimitada. Ahora trabajo con un sentido más renovado y más transparente de la omnipotencia de Dios. También me ha beneficiado leer el gran número de referencias relacionadas con las palabras relámpago y electricidad que aparecen en Ciencia y Salud. He visto con mayor claridad la inmunidad de que goza el hombre de los llamados caprichos de la naturaleza. El azar no es una condición del hombre espiritual.

Echando un vistazo a mi pasado, recuerdo que aunque había sido estudiante regular de la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana y miembro activo de una organización universitaria grande, hubo una época en que tomé un rumbo diferente. El hacerme miembro de la iglesia y asistir a sus servicios religiosos habían sido relegados por otras actividades. El estudio diario de la Lección-Sermón, como aparece en el Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana, parecía tener poca importancia para mí. Mis suscripciones a las publicaciones periódicas de la Ciencia Cristiana no eran renovadas. Parecía que no había tiempo suficiente para la Ciencia Cristiana. Yo era saludable, fuerte, activa en los negocios y los asuntos de la comunidad, además de ser socialmente popular. Por algunos años me sentí en control de mi propio destino.

Algo que me fastidiaba mucho era un pequeño crecimiento en una oreja. Cada semana que iba al salón de belleza me hacían comentarios sobre el asunto. El crecimiento se hizo más notable, y fue necesario cambiar el estilo de mi cabello para taparlo. La peluquera me preguntó si yo había hecho algo en cuanto al problema, ya que le era difícil trabajar con mi cabello. Cuando le contesté que no, ella me asustó citando varias teorías y estadísticas médicas.

Camino a mi casa me di cuenta de que sentía mucho temor. Sabía que la Ciencia Cristiana podía sanar el crecimiento, pero ese reconocimiento no me dio ninguna tranquilidad. Sintiéndome como una hija pródiga, finalmente volví en mí, fui a una Sala de Lectura de la Ciencia Cristiana, compré el Cuaderno Trimestral, y reanudé el estudio regular de la Lección-Sermón.

Al aumentar mi comprensión de que la materia es en realidad la proyección de la mente mortal, el temor empezó a disminuir. Estudié y oré con determinación el siguiente pasaje que aparece en Ciencia y Salud (pág. xi): "La curación física en la Ciencia Cristiana resulta ahora, como en tiempos de Jesús, de la operación del Principio divino, ante la cual el pecado y la enfermedad pierden su realidad en la consciencia humana y desaparecen tan natural y tan inevitablemente como las tinieblas ceden lugar a la luz y el pecado a la reforma". Claro que quería curarme de la enfermedad, pero la declaración arriba mencionada pone a la enfermedad al mismo nivel que el pecado. Me preguntaba de qué pecado me tenía que liberar.

Gradualmente, a través de muchos meses, comprendí que tenía el "yo" equivocado como primer lugar de mi vida. Dios es el Ego divino, el Yo soy, que el hombre sólo refleja, no origina. Al reconocer esto, hubo cambios en mi vida. Las prioridades fueron corregidas, y hasta las actividades y amistades cambiaron. Empecé a entender el significado de la inmolación propia, y me convertí en una persona más gentil y más amorosa. En algún punto ocurrió la curación, que no me pude dar cuenta cuándo. Al poco tiempo me hice miembro de una iglesia filial y tomé instrucción en clase de Ciencia Cristiana.

He mantenido un vigor y una energía maravillosos que se han extendido a todos los aspectos de mi experiencia. Trabajar para la iglesia y el movimiento de la Ciencia Cristiana ha sido una alegría. Los años que enseñé en la Escuela Dominical han sido un gozo especial. Doy gracias a Dios diariamente por las continuas pruebas de la eterna presencia del Cristo.


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