En 1989 Me mudé a un lugar que es bastante accesible en cuanto al transporte público, para trasladarme de una zona a otra sin dificultades; pero la oficina donde trabajaba la tenía un tanto apartada, cosa que no era conveniente.
Una tarde en la que me encontraba orando, vino a mi pensamiento una idea que me pareció buena. Decidí averiguar si en el edificio donde vivía había una oficina para alquilar. Visité al dueño para consultarlo al respecto. Este señor en lugar de alquilar propuso la compra de un departamento contiguo a mi hogar. En ese momento no contaba con el dinero suficiente para abonarlo, pero él sugirió que lo pagara en trece cuotas.
Durante los primeros meses pude hacer los pagos; poco tiempo después se produjo una desvalorización muy grande de la moneda de mi país, lo que hizo casi imposible saldar la deuda.
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