La Iglesia Episcopal del vecindario donde vivía durante mi juventud me hacía sentir una profunda reverencia a Dios. La sentía en la liturgia, en la música y en las oraciones de sus servicios religiosos; y la sentí especialmente un día inolvidable de mi adolescencia.
Era una tarde a mediados de semana; por alguna razón hace ya mucho tiempo olvidada, me sentía sin dirección y deprimida, sin saber a dónde recurrir en busca de ayuda. Pero recordé que las puertas del santuario de la iglesia permanecían abiertas en todo momento para que la gente pudiera ir a orar, y hacia allí me dirigí.
Había estado en ese santuario mucha veces antes, pero nunca cuando estaba completamente vacío. Allí sola, en la quietud, en la inmensidad y grandeza de los altos techos y magnífica arquitectura, sentí la presencia de Dios; de hecho, me sentí envuelta en la presencia de Dios, y me arrodillé a orar. A medida que oraba, mi preocupación se disolvió en la nada; un vivo sentido de la grandeza de Dios estaba llevando mi corazón por nuevos rumbos. Lo que era importante para mí ahora era simplemente vivir en una forma que honrara a Dios. Quería mantenerme en ese estado; quería continuar en ese santuario. Pero, por supuesto, no podía quedarme allí. Sin embargo, el recuerdo de esa experiencia obviamente permaneció en mí.