Cuando era niña, pude ver bien la Vía Láctea por primera vez cuando nuestra familia se mudó a Oregón. En los cielos oscuros sobre nuestra finca, las estrellas y las constelaciones parecían muy cercanas. Parecía como si la tierra fuera parte del infinito. Más tarde, cuando vivía en el Medio Oeste, recuerdo que caminé por un campo de maíz una tarde muy calurosa, húmeda y tranquila. El maíz crecía tan rápido que podía oírlo crujir. Me detuve y escuché, rodeada por el proceso mismo del crecimiento.
No soy la única que ha tenido este tipo de experiencias. Hay poemas, ensayos, pinturas y fotografías de alrededor del mundo y a través del tiempo, que expresan el amor de la humanidad por nuestro planeta Tierra.
No obstante, recientes titulares muestran que la tierra y sus habitantes tienen problemas considerables: tormentas violentas, incendios forestales, sequías, inundaciones y extremo calor. Los políticos y los científicos han estado discutiendo sobre qué hacer al respecto o incluso cómo llamarlo. Pero se está tomando conciencia cada vez más de que es necesario sanar nuestra relación con la tierra.
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