Skip to main content
Original Web

Lo que Jesús sabía sobre la materia

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 30 de julio de 2019


La creencia popular insiste en que todo lo que existe, animado o inanimado, es material. Dice que todo en el universo está gobernado por las leyes físicas, desde el movimiento de los planetas hasta la salud del cuerpo. Pero ¿qué decir acerca de Cristo Jesús, quien constantemente demostraba dominio sobre las leyes materiales y sanaba en oposición a ellas? ¿Cuál era su opinión acerca de la materia?

Mary Baker Eddy, quien dedicó su vida a comprender y enseñar claramente a la humanidad la Ciencia del Cristo que respaldaba las palabras y obras de Jesús, escribe: “El concepto que tenía Cristo Jesús acerca de la materia era el opuesto del que abrigan los mortales: su natividad fue un concepto espiritual e inmortal del mundo ideal. Su misión terrenal fue traducir la sustancia a su significado original, la Mente. Caminó sobre las olas; convirtió el agua en vino; sanó a enfermos y pecadores; resucitó a muertos, y quitó la piedra de la puerta de su propia tumba. Sus demostraciones del poder del Espíritu virtualmente vencieron la materia y sus supuestas leyes” (Escritos Misceláneos 1883-1896, pág. 74).

Lo que Cristo Jesús introdujo, practicó y probó de manera tan concluyente que era verdad, fue un nuevo paradigma, uno basado en la totalidad del Espíritu, o la Mente. Su comprensión de que la sustancia y la ley proceden del Espíritu, Dios, y por lo tanto eran espirituales y mentales, no materiales, estaba de acuerdo con el Primer Mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3). 

La ley de Dios, por ser del todo buena, como Él, es la ley de la armonía y no incluye discordia, pecado, enfermedad ni muerte. Esta ley puede aplicarse a toda necesidad humana con resultados sanadores. Una vez que aceptamos la premisa de que la existencia es espiritual y mental, el siguiente paso lógico es ver que cualquiera sea la enfermedad o la limitación, no es otra cosa más que un concepto mental errado que no tiene más capacidad para soportar la corrección que un error en matemáticas o una nota falsa que se toca en el piano. Saber que todo lo que vemos es una creación del pensamiento mortal es emocionante y liberador. 

En la década de 1980, The New York Times reportó acerca de cierta intrigante documentación médica que indica la naturaleza puramente mental de la existencia. Estudios clínicos señalaban que los pacientes que sufrían de trastorno de personalidad múltiple tenían condiciones diferentes cuando eran diferentes personas. Epilepsia, alergia y daltonismo —así como erupciones, ronchas y cicatrices— aparecían y desaparecían abruptamente cuando los pacientes cambiaban de una personalidad a otra (Daniel Goleman, “Probing the enigma of multiple personality,” June 28, 1988).

Comprender la naturaleza mental de las cosas es un paso de progreso, pero ¿es acaso suficiente para traer curación? No, a menos que esta comprensión esté acompañada de la humilde y alegre certeza de que Dios, la Mente, es el bien infinito y produce solo salud, armonía e inmortalidad. Ceder a esta verdad espiritual, cualquiera sea la evidencia ante los llamados sentidos materiales, abre el camino hacia ese “lugar secreto del Altísimo” que menciona el Salmo 91 (KJV), ese lugar libre de temor de la comprensión espiritual que tiene un efecto sanador en nuestra consciencia. Como resultado nuestras circunstancias externas mejoran perceptiblemente, puesto que las condiciones materiales son simplemente una manifestación objetiva del pensamiento humano.

Sanar como enseñó Jesús envuelve dejar de lado la noción de que tenemos nuestra propia mente o ego separados. El hecho espiritual, como afirma la Biblia es que “tenemos la mente de Cristo” (1 Corintios 2:16). La curación se produce naturalmente a medida que rechazamos los modelos tradicionales de pensamiento basados en la materia, los cuales incluyen deficiencias y sufrimiento, y aceptamos lo que la Mente única conoce: la actividad armoniosa gobernada por el Amor divino. Poner todo pensamiento y acción en línea con el Amor se transforma en la esencia de tener una vida saludable.

Hace varios años, mi esposo y yo éramos propietarios de una casa con un hermoso piso de roble que necesitaba restauración. Comencé a hacer el trabajo yo misma, a mano, y pasé el día de rodillas lijando el piso, sin tomarme prácticamente ningún descanso. Dejé de hacerlo a las cinco de la tarde, pero un par de horas después empezaron a dolerme los brazos. Para cuando llegó la medianoche la agonía era tan aguda, que recuerdo que por un momento ¡desee poder cortarlos! El sufrimiento era tal que no podía dormir, así que me levanté de la cama y me acomodé en un sillón para orar y reflexionar sobre lo que había estado aprendiendo de mi estudio de la Ciencia Cristiana.

Yo sabía que un Dios del todo amoroso jamás podría ser tan cruel como para formar a Sus hijos de materia perecedera. De modo que yo tenía la autoridad divina como para abandonar la premisa errada de que era un mortal herido y dolorido. Como nos dice el primer capítulo de la Biblia, el Espíritu creó al hombre a Su propia imagen y semejanza, y dio al hombre (a cada uno de nosotros) dominio sobre toda la tierra. La perspectiva generalizada de sustancia-materia y causa y efectos físicos, es un punto de vista errado. Consideré la totalidad, o infinitud, del Espíritu y el gran hecho de que la semejanza espiritual misma de Dios debe expresarse en salud, armonía, paz y libertad.

Me vino la sugestión de que el dolor disminuiría con el tiempo, que simplemente tenía que esperar. ¡Pero no acepté eso! Pensé que el tiempo no es un sanador, puesto que Dios ya está presente y gobierna Su creación armoniosamente en todo momento. Por ser la expresión espiritual de Dios, sabía que yo debía estar bien ahora.

Comprendí más claramente que era una idea de Dios, y que una idea no tiene nada material. Por lo tanto, no podía estar sujeta a las leyes materiales de la salud, las cuales son tan solo un conjunto de creencias populares.

Este razonamiento y oración me elevó por encima de un sentido errado y temeroso de vida en la materia, hacia la verdadera consciencia de la Vida como Espíritu. Insistí con convicción en que no podía ser castigada por expresar y glorificar a Dios haciendo una actividad constructiva.

Muy pronto me sentí en paz y me dormí. Minutos después me desperté totalmente libre de dolor. Haber pasado de un estado de agonía a uno de normalidad y bienestar en un tiempo tan corto, llenó mis ojos con lágrimas de gratitud. Experimenté la alegría que acompaña el poder sanador del Cristo, la Verdad. Emocionada, regresé a la cama y dormí hasta la mañana siguiente. La curación ha sido permanente.

Con frecuencia me siento inspirada por algo que leí en un editorial de Alan A. Aylwin titulado “¡Nunca te des por vencido!” (Christian Science Sentinel, April 10, 1971). Él dice lo siguiente de un estudiante de la Ciencia Cristiana que fue sanado de dolor: “Este estudiante había aprendido de muchas experiencias anteriores que toda enfermedad es un fenómeno mental super impuesto en el cuerpo, el cual es en sí mismo un fenómeno mental”.

Tratar de obtener un sentido más elevado de la nada de la materia y la totalidad del Espíritu nos libera del temor y de la creencia falsa. A medida que nuestro pensamiento se vuelve más semejante al Cristo, y alcanzamos mayor comprensión espiritual, vemos el mundo más claramente como Dios lo creó —espiritual y mental— y nuestra experiencia se vuelve cada vez más armoniosa.

Más artículos en la web

La misión de El Heraldo

La explicación divinamente inspirada de la Sra. Eddy sobre la misión de El Heraldo de la Ciencia Cristiana, fundado en 1903, se ha convertido en símbolo de las actividades del movimiento de la Ciencia Cristiana que abarca al mundo. Las palabras de la Sra. Eddy figuran en la inscripción de la cornisa del edificio de La Sociedad Editora de la Ciencia Cristiana: para proclamar la actividad y disponibilidad universales de la verdad. El Heraldo es una expresión tangible del interés de nuestra Guía en compartir con toda la humanidad el inapreciable conocimiento de la Ciencia de la Vida. La Sra. Eddy comprendió que el Consolador había venido “para la sanidad de las naciones”.

Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

Saber más acerca de El Heraldo y su misión.