Cuando era adolescente, estaba haciendo mandados con mis padres el miércoles antes del Día de Acción de Gracias. Al bajar una larga serie de escalones que conducían a la oficina de correos local, me salté uno y me caí. Cuando me levanté y puse peso en mi pie derecho, se dobló y fue bastante doloroso, así que bajé cojeando el resto de los escalones y subí al auto de nuestra familia con la ayuda de mis padres, quienes comenzaron a orar conmigo de inmediato.
Esa oración me pareció reconfortante, especialmente cuando afirmamos que Dios me había creado a Su imagen, y que la imagen de Dios era buena “en gran manera” (véase Génesis 1:31). Para mí esto significaba que, a pesar de lo que parecía haber sucedido, en realidad yo verdaderamente no me había caído y estaba erguida.
Me dolía bastante el pie, pero como llevaba botas altas y ajustadas, no pude mirar el pie hasta que llegué a casa. Cuando me quité la bota con la afable ayuda de mi madre, aunque la piel no estaba perforada, el tobillo parecía estar roto y me dolía mucho. Puesto que había sido sanada mediante la Ciencia Cristiana en el pasado, sabía que también podía confiar en ella para sanar esta vez.