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Liberado del dolor y la desesperación

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 12 de enero de 2026


Durante la mayor parte de mi vida, he sido un entusiasta levantador de pesas y un atleta dedicado. Un día, sufrí una caída fuerte que me dañó el hombro derecho. El dolor era muy intenso. Como Científico Cristiano, había tenido muchas curaciones a través de la oración, y esta vez también oré por mí mismo. Cuando no obtuve alivio, decidí ir al médico, quien diagnosticó un desgarro del manguito rotador y recomendó cirugía como única solución. Finalmente seguí adelante con la cirugía recomendada. 

Me recuperé y empecé a levantar pesas nuevamente, hasta que un día volví a lesionarme el mismo hombro. Esta vez, además de estar dolorido, tenía mucho miedo de haberme vuelto a desgarrar el manguito rotador y tener que someterme a otra operación. La oscuridad del temor y la ansiedad eclipsaban toda esperanza y pensamiento puro sobre mi identidad completamente espiritual como hijo de Dios. Tampoco sentía que hubiera hecho un esfuerzo honesto al orar para reclamar mi verdadera identidad tras la lesión inicial. Ahora me sentía atrapado en un estado mental que me tenía encarcelado. 

Entonces, un día, cuando el dolor me gritaba con todo su aparente poder, respondí verbalmente: “Calla. Enmudece”. El dolor desapareció de inmediato. 

El alivio fue instantáneo. Pero quería estar completamente libre del problema, así que decidí profundizar mi estudio de la Ciencia Cristiana para entender cómo había ocurrido ese cambio. Pensé en una ocasión en la que Jesús calmó una tormenta (véase Marcos 4:35-39). La tormenta amenazaba la barca en la que estaban Jesús y sus discípulos, y las olas eran tan feroces que los discípulos temían que sus vidas estuvieran en riesgo. 

En ese momento, ¿qué estaba haciendo Jesús? Durmiendo en la parte trasera de la barca, sin impresionarse ni tener miedo. Cuando lo despertaron, los discípulos le preguntaron si no le importaba que estuvieran a punto de morir. Jesús dijo muy tranquilamente al viento y a las olas: “Calla. Enmudece”, y la tormenta terminó. Con su sólida comprensión de la totalidad de la Verdad, Dios, él demostró compasivamente que la paz siempre es la realidad, exponiendo la irrealidad del miedo que ellos tenían y calmando la tormenta.

Más tarde, cuando el dolor en el hombro volvió a sugerir que el tendón estaba desgarrado, pensé: “No eres víctima de este dolor. Tienes el dominio que Dios te ha dado. Deja de compadecerte de ti mismo”. Fue entonces que me di cuenta de que luchaba contra la esclavitud mental: que la servidumbre a una creencia falsa era la raíz de este desafío.

Empecé a orar, pero no comencé con el problema; empecé con la solución, abriendo Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, escrito por Mary Baker Eddy, en este pasaje del capítulo “Los pasos de la Verdad”: “La Verdad trae los elementos de la libertad. Sobre su estandarte está el lema inspirado por el Alma: ‘La esclavitud está abolida’. El poder de Dios libera al cautivo. Ningún poder puede resistir al Amor divino. ¿Qué es este supuesto poder que se opone a Dios? ¿De dónde viene? ¿Qué es lo que ata al hombre con cadenas de hierro al pecado, la enfermedad y la muerte? Todo lo que esclavice al hombre se opone al gobierno divino. La Verdad hace libre al hombre” (págs. 224-225). 

Esto me hablaba directamente a mí y a mi aparentemente real desafío físico. Era exactamente lo que necesitaba oír. Y en ese momento, supe que estaba completamente sano, tanto mental como físicamente. 

Con el tiempo, me di cuenta de que sanar la creencia en la esclavitud mental había llevado a muchas otras curaciones, incluyendo un sentido de compasión grandemente mejorado. Soy más compasivo conmigo mismo y con los demás al reconocer la verdad del ser armonioso, como hizo Jesús cuando calmó la tormenta. Mientras reflexionaba sobre esta experiencia, me di cuenta de que había dado un paso claro y natural en la transición de la falsa sensación de ser material y mortal a una comprensión de mí mismo como la creación espiritual, pura y completa de Dios, el Espíritu. 

Me sigue encantando el levantamiento de pesas y el buen estado físico, pero ahora hay una luz nueva que resplandece aún más en mi vida. Ahora entiendo mejor esta declaración de Ciencia y Salud: “El amor a Dios y al hombre es el verdadero incentivo tanto en la curación como en la enseñanza. El Amor inspira, ilumina, designa y va adelante en el camino. Los motivos rectos dan alas al pensamiento, y fuerza y soltura a la palabra y a la acción” (pág. 454).

El camino hacia la libertad no es fácil. Puede parecer que hay obstáculos sobre la marcha, pero comprender que Dios, el Amor infinito, es “nuestro pronto auxilio” (Salmos 46:1) eleva nuestro pensamiento, y por ende nuestra experiencia, hacia la verdadera felicidad, paz y libertad. Como dice Ciencia y Salud: “El Amor es el libertador” (pág. 225).  

Scott Konecni
Belle Chasse, Louisiana, EE. UU.

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