“Nuestra iglesia está edificada sobre el Principio divino, el Amor”, explica Mary Baker Eddy, Fundadora de La Iglesia de Cristo, Científico, en Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras (pág. 35). Mientras pensaba en las numerosas posibilidades que tenemos en nuestras iglesias para demostrar el amor de Dios por toda la humanidad, me vino a la mente un ejemplo.
Cada cuatro años, los aficionados al fútbol de todo el mundo esperan con mucha ilusión el torneo de la Copa Mundial de fútbol de la FIFA, el evento deportivo más visto a nivel mundial. Este verano, el campeonato se celebrará en estadios de Estados Unidos, México y Canadá.
En 2014, Brasil organizó este gran evento. Los Científicos Cristianos de todo el país, incluidos los miembros de Primera Iglesia de Cristo, Científico, de Río de Janeiro, lo vieron como una gran oportunidad para orar en apoyo al torneo y considerar cómo sus iglesias y Salas de Lectura de la Ciencia Cristiana podrían recibir mejor a los miles de visitantes que vendrían. La primera Iglesia de Rio quería apoyar a los numerosos agentes de policía que el gobierno federal desplegaría para garantizar la seguridad de la comunidad durante estos eventos.
Los miembros de la iglesia de Río ya habían hecho esto antes para los Juegos Panamericanos de 2007. Pero la Copa Mundial era un acontecimiento mucho más importante, y el fútbol es el deporte más popular en Brasil. La expectativa inicial era de unos seiscientos mil visitantes, pero alrededor de un millón de ellos acabaron asistiendo a los partidos en varias ciudades del país durante un periodo de unas cuatro semanas. Siete de los partidos, incluida la final, estaban programados para jugarse en Río, en el Maracaná, el estadio más grande de Brasil, que está a solo media cuadra de la iglesia. Yo llevaba varios años viviendo y trabajando fuera de mi país, pero qué experiencia tan maravillosa fue para mí volver a Brasil para el partido final y la ceremonia de clausura.
Los días en que había partido, las calles alrededor del estadio estaban cerradas, y solo las fuerzas del orden y quienes tenían entradas o vivían y trabajaban allí podían circular por la zona. Los miembros de la iglesia decidieron ofrecer la iglesia a los policías como un lugar para descansar, usar los baños, consumir alimentos y otros refrigerios (donados por voluntarios) e incluso ver los partidos durante sus descansos —y, por supuesto, para aprender algo sobre la Ciencia Cristiana, si querían—.
La literatura de la Ciencia Cristiana estaba disponible en la Sala de Lectura de la iglesia, la cual para este evento fue trasladada de la parte trasera del edificio al frente. La literatura incluía el “pastor dual e impersonal, la Biblia, y ‘Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras’” de la Iglesia de Cristo, Científico —los dos libros fundamentales de nuestra religión—(Véase Escritos Misceláneos 1883-1896, de Mary Baker Eddy), así como ejemplares de El Heraldo de la Ciencia Cristiana en portugués. Estos estaban disponibles para que la gente los leyera o se los llevara. A un agente le gustó tanto lo que leía en Ciencia y Salud que metió el libro en la parte interior de su chaleco antibalas y dijo: “Esta es mi verdadera protección”.
El partido final y la ceremonia estaban programados para un domingo, así que los miembros de la iglesia hicieron una excepción esa semana y celebraron su servicio dominical el sábado. A la mañana siguiente, las calles alrededor del estadio estaban cerradas al tráfico para el gran día. Pero los que nos ofrecimos como voluntarios pudimos abrir la iglesia a los agentes que patrullaban la zona, que debían trabajar muchas horas y no tenían otro lugar donde descansar. Algunos venían de muy lejos y pertenecían a familias humildes. Los agentes con los que hablé nunca habían oído hablar de la Ciencia Cristiana y tenían buenas preguntas al respecto.
Recuerdo una interacción que tuve con una policía. Cuando la vi en la iglesia, estaba sufriendo: su cuerpo se doblaba de dolor por los calambres menstruales. De inmediato, sentí la necesidad de abrazarla mentalmente en el amor de Dios y de manifestarle mi aprecio por su trabajo de proteger a la comunidad.
Me preguntó si yo o la iglesia teníamos una aspirina. Le expliqué por qué no la teníamos —que los miembros de nuestra iglesia practican la curación espiritual sin ayuda de medicamentos, y que yo había sido sanada para siempre de los calambres menstruales cuando comprendí que Dios no es tan solo un Dios amoroso, sino el Amor mismo—. Le aseguré que la curación también era posible para ella. Como Dios es nuestro Padre-Madre, nosotros somos Sus hijos. Como Madre, Dios nunca deja de amarnos y protegernos. Cada mes, a las mujeres se nos recuerda que expresamos la maternidad de Dios en cualidades como ternura y fortaleza, y no podemos ser castigadas por ello. Es un privilegio expresar estas cualidades espirituales y, por ende, es antinatural sufrir por ellas.
La agente y yo hablamos unos minutos más sobre el amor que Dios sentía por ella. Luego le pregunté si quería que oráramos en silencio unos momentos. Ella podía orar de la manera en que se sintiera inspirada. Cuando terminé, dije: “Amén”, y la invité a descansar y seguir pensando en nuestra conversación. Me regaló una sonrisa preciosa y dijo que ya estaba mucho mejor. Descansó un poco más y me dio las gracias. Parecía que volvía a ser ella misma cuando regresó a sus deberes.
Para mí, ese domingo fue inolvidable.
Durante los numerosos partidos de fútbol en Río, los miembros de la iglesia mantuvieron muchos intercambios interesantes y fructíferos con el público. Cada uno de ellos fue único. Después, la iglesia recibió cartas de agradecimiento de algunos oficiales e incluso de sus padres.
La forma en que la iglesia en Río respondió, abriendo sus puertas a los agentes de la ley, abrazando a todos en la luz de la Verdad y el Amor divinos —y sanando— ilustra para mí lo que la Sra. Eddy visualizó para su Iglesia: una Iglesia que demuestra su utilidad satisfaciendo las necesidades de su comunidad y sanando incondicionalmente a todos los que acuden a ella. Todos merecemos el amor y el cuidado sanadores de Dios.
Leide Lessa
Weston, Florida, EE. UU.
