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Entronamiento

Del número de octubre de 1955 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


¿No anhela toda persona, sea de humilde cuna o de arrogante alcurnia, mandar soberanamente en el reino de su periencia? Pero cuán a menudo le frustra ese anhelo una u otra fase de la creencia material. Cae bajo el dominio de la enfermedad, del pecado o de las limitaciones u obstáculos aparentemente insuperables. Sólo unos cuantos parecen superar a la mediocridad de los mortales, alcanzando ese estado de consciencia en el que se dan cuenta del destino espiritual del hombre. Así y todo, persiste la innata intuición de que el hombre tiene derecho a su dominio en cuanto le ataña individualmente, sin distinción o parcialidad. Razón ha de haber, en algo, de uno u otro modo, para que prevalezca ese intuitivo percatarse, alguna causa que trascienda mero albedrío personal y el egoísmo y la prerrogativa de mortal linaje. ¿No debe ser esa razón el estado propio de la fuente de que emana el hombre real, la naturaleza divinamente soberana de su Padre-Madre Dios que le confiere el título de hijo del Rey?

A este respecto, el libro No y Sí por Mary Baker Eddy, Descubridora y Fundadora de la Christian Science, contiene un párrafo esclareciente del cual extractamos lo que sigue (pág. 36): “El Cristo verdadero no estaba consciente de la materia, del pecado, la enfermedad o la muerte, y sí estaba consciente únicamente de Dios, del bien, de la Vida eterna y de la armonía. Por lo cual el humano Jesús podía refugiarse en su entidad más elevada y en su relación para con el Padre, y allí podía descansar de las pruebas irreales en la consciente realidad y realeza de su ser,— teniendo por irreal lo mortal, y lo divino por real.” Jesús estaba consciente de su realeza espiritual y así reinaba en pleno dominio de su experiencia en los años de su existencia terrenal. También enseñó a sus discípulos a que conocieran a Dios como su Padre y a que así lo reconocieran ejerciendo en sus propios asuntos el poderío inherente al hombre. Los vientos, las olas, el espacio y la tierra, las angustias del mundo, los crímenes de la mente mortal y los sufrimientos de la carne cedían ante la majestad del que sabía que el hombre es el hijo de Dios y ejerce el cetro de la inmortalidad. Porque se daba cuenta de esto, él reinó en su propio jornada ascendiendo de los sentidos al Alma, sabedor de que su autoridad era la de la Omnipotencia que en él obraba. Y oraba por que sus discípulos se percataran también de la relación divina del hombre para con Dios como Su hijo, y así estuvieran donde él ya estaba a este respecto de consciente entronamiento con Dios.

La profundamente reverenciada Leader en la Christian Science, cuya percepción espiritual era análoga a la del Maestro en la revelación de la Verdad que la envolvió en su luz, entendía asimismo que el hombre refleja la soberanía de Dios y elevó los pensamientos de la humanidad de su irremediable mortalidad al poderío de la dignidad del hombre espiritual en el reino de su Padre. Esto puede que sea una de las muchas razones por las que ella declaró que es deber de todo miembro de La Iglesia Madre orar diariamente: “ ‘Venga Tu reino;’ haz que el reino de la Verdad, la Vida y el Amor divinos se establezca en mí, y quita de mí todo pecado; ¡y que Tu palabra fecunde los afectos de toda la humanidad, gobernándoselos!” (Manual de La Iglesia Madre, Art. VIII, Sec. 4.) ¡Qué ceremonia de coronamiento individual puede ser este acto de orar así! porque Dios responde a la oración e inviste a la consciencia que despierta del poder del reino de los cielos.

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