Amós amaba a Dios y pensaba que sus compatriotas también lo amaban. Pero cuando vio lo que sucedía en el mercado y en los santuarios, se convenció de que hacían caso omiso de Dios, y no lo comprendían. Para Amós, aquel que no buscaba a Dios y no seguía Sus caminos, carecía de paz, de satisfacción y de protección.
Amós no había sido educado para ser profeta. Él era pastor en las colinas situadas en afueras de la pequeña ciudad de Tecoa, a unos veinte kilómetros al sur de Jerusalén. También recogía higos silvestres. Ver Amós 7:14.
Para poder vender la lana y la fruta y comprar lo que necesitaba para vivir en el desierto, es muy probable que tuviese que viajar a varios mercados: Jerusalén, Beerseba, Gilgal o quizás a otros más distantes como Samaria. Los mercados (espacios abiertos situados dentro de las puertas de la ciudad) eran el centro de actividad de la ciudad. Gran cantidad de personas de toda clase, granjeros, tejedores, pescadores, y sus familias, deambulaban en el mercado. Se compraba y se vendía fruta, verdura, tejidos y alfarería. Además, allí se celebraban los juicios civiles y el recaudador cobraba el dinero de los impuestos aduaneros. Los mercaderes que traían piezas de seda, especias y joyas desde muy lejos, y otras mercancías más comunes, viajaban siguiendo las rutas de las caravanas tratando de llegar a la ciudad antes que cayera la noche y cerraran las puertas.
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