Hay pocas vistas más gloriosas que la que ofrece un campo pronto para cosechar. La cosecha exige un trabajo duro, como lo sabe todo el que vive en una granja; pero también es una época de gozosa satisfacción, la culminación de nuestro trabajo.
Cristo Jesús expresó algunas potentes verdades sobre cómo cosechar los frutos del bien. En una parábola sobre el reino de los cielos nos habla de un hombre que sembró buena semilla en su campo. Ver Mateo 13:24—30. Pero vino un “enemigo” y sembró cizaña entre el trigo, y cuando el trigo empezó a madurar se vio que junto a él crecían algunas hierbas venenosas. Sus siervos deseaban saber si debían arrancar la cizaña. Pero les aconsejó: “Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero”.
Quizás nuestra vida se asemeje a ese campo. Por un lado podemos ver todo lo bueno que experimentamos a medida que comprendemos que Dios crea sólo el bien. Por el otro, nuestra experiencia humana no siempre coincide con lo que sabemos que es espiritualmente cierto, y nos desesperamos cuando vemos un mosaico de cizaña y trigo en nuestra vida y en nuestro pensamiento.
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