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Curación de la columna

Del número de enero de 1998 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


Hace Más De Veinte años me afligía un problema en la columna vertebral cuyos ataques a veces me dejaban postrada en cama, casi sin poder moverme y con mucho dolor. Tenía que dormir sentada o permanecer siempre en la misma posición porque determinados movimientos me producían mucho dolor, y levantarme de la cama significaba un gran esfuerzo. Este problema me obligaba a llevar conmigo un almohadón pequeño para poder sentarme cómodamente cuando viajaba en ómnibus. Además, diariamente tenía que hacer determinados ejercicios que me habían indicado en la clínica médica a la cual estaba afiliada.

Acababa de conocer la Christian Science y un día, mientras leía Ciencia y Salud, y sin orar en forma específica, tuve una vislumbre de que la materia no es nada por sí misma. Recuerdo que declaré en voz alta: “Entonces, quiere decir que yo no tengo por qué llevar almohadones, ni seguir con los ejercicios diarios para la columna”. A partir de ese momento dejé los ejercicios y los almohadones.

La curación completa llevó varios años. Cada vez que sufría uno de esos ataques me ponía a estudiar con ahínco Ciencia y Salud, y las Lecciones Bíblicas del Cuaderno Trimestral de la Christian Science. No recuerdo cómo oraba específicamente en esos momentos, pero sí recuerdo que aplicaba cada verdad que leía para corregir las distintas creencias erróneas que iban apareciendo. Para ese entonces ya había percibido que ese problema en la columna estaba relacionado con problemas en mi hogar, y con un falso sentido de mí misma, de lo que era mi verdadera individualidad.

Una de las verdades espirituales que me ayudó fue el percibir gradualmente que todo movimiento y toda acción proviene de la Mente divina, la única Mente, y que yo, como Su manifestación, tenía dominio sobre mi cuerpo. Es así que cada vez que tenía que realizar algún movimiento, ya fuera para pararme o para caminar, declaraba que no era de mi propia capacidad personal que ejercía esas acciones, sino que era la Mente divina la que me impulsaba a moverme.

La otra verdad que fue de gran ayuda durante ese largo período (esos ataques se presentaban de improviso), fue el utilizar los siete sinónimos con que la Christian Science identifica a Dios, para comprender qué es lo que gobierna (véase Ciencia y Salud, pág. 465.)

Lentamente, los ataques se fueron espaciando hasta que me di cuenta de que hacía más de un año que ya no ocurrían. Y de esto hace más de diez años. Ahora realizo todo tipo de tareas, incluso levanto objetos pesados, y hasta hace poco solía subir a lugares altos para hacer trabajos de pintura.

El estudio de la Christian Science y esta experiencia de curación produjo una transformación completa en mi vida. Hoy soy una persona completamente nueva, pues comprendí que soy la hija amada de Dios, Su reflejo, y no un producto de una creación mortal. Mi relación con mis padres, mi hermana y demás familiares cambió por completo. Lo mismo mi visión de las personas dentro y fuera de la iglesia. Y por supuesto mi rendimiento en el trabajo y en los estudios se amplió considerablemente.

De una persona que no sabía para qué había nacido, pasé a saber que ocupo un lugar en la Mente divina que nadie más que yo puede ocupar, y lo mismo sucede con mi prójimo. Y no menos importante en mi curación fue poder trabajar en la iglesia filial en sus distintas actividades.


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