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Para jóvenes

Al confiar en Dios encontramos el ajuste perfecto

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 2 de enero de 2019


Durante los primeros tres años de la escuela secundaria, me sentía como la pieza de un rompecabezas que no se ajustaba. No me sentía bien acerca de dónde estaba o quién era tampoco. Si mi escuela era el rompecabezas, yo no solo era la pieza que no se ajustaba, sino que ni siquiera me sentía aceptada. 

Mi aprendizaje era diferente al de los demás; necesitaba un entorno en el que los maestros se preocuparan por mi educación y quisieran trabajar conmigo. Y también me sentía incomprendida y fuera de lugar. Mi escuela se enfocaba principalmente en el materialismo y no parecía dejar mucho espacio para la espiritualidad. No podía expresarme sin que se cuestionaran o descartaran mis puntos de vista, y eso era difícil, porque recurrir a Dios en oración es una parte muy importante de mi vida.

Durante todo ese período de tres años, estuve orando por una respuesta. Pensé que tal vez las cosas podrían cambiar en el bachillerato. Pero también una voz dentro de mí me impulsaba constantemente a probar algo nuevo. Ya había escuchado esta voz anteriormente cuando había necesitado una guía, y he llegado a reconocerla como la voz de Dios. Confío en Dios; sin embargo, aunque me seguía viniendo la idea de que probara asistir a un internado y tenía deseos de intentarlo, seguía poniendo excusas sobre por qué no debería hacerlo. Temía que si me iba de casa perdería a mis amigos y se cortaría la estrecha relación con mi familia. Y tenía muchas más preocupaciones que me hacían dudar de la dirección de Dios. Así que siempre dejaba a un lado los pensamientos sobre un internado y los ignoraba.

Entonces, mientras trabajaba en un campamento el verano después de mi tercer año, me di cuenta de algo. Esa sensación de estar fuera de lugar que tan frecuentemente experimentaba en casa había sido reemplazada por un claro sentido de pertenencia. Lo que significó más para mí fue que finalmente sentí que me estaban viendo por lo que realmente soy. A través de los ojos de mis nuevos amigos, me vi fuerte, inteligente, pura y capaz de todo, porque expreso a Dios. Y sentí como si los estuviera viendo a ellos con más claridad también, más espiritualmente.

A través de mi crecimiento espiritual, estaba aprendiendo asimismo a confiar más en Dios. Así que en mi día libre, finalmente obedecí la guía divina que había escuchado durante años y completé mi solicitud para el internado.

No fue que dejé de sentirme preocupada o confundida acerca de dónde se suponía que debía estar. Pero por primera vez, al menos estaba dispuesta a prestar atención a lo que sentía que estaba escuchando de Dios y a confiar lo suficiente como para seguirlo. Y en esos momentos de confusión o preocupación, recurrí a los escritos de Mary Baker Eddy para comprender más sobre mi relación con Dios. Me encantó este pasaje de Escritos Misceláneos 1883–1896: “Dejad que vuestra luz refleje Luz. No tengáis otra ambición, otro afecto, ni propósito, que no sea la santidad” (pág. 154). Esto captó cómo me sentía, fuera cual fuera el lugar donde terminara yendo. Solo quería estar donde pudiera expresar a Dios al máximo, y confiar en ese motivo me dio una sensación de paz.

Al depositar toda mi confianza en Dios y en Su guía, pude subirme a un avión y mudarme a un lugar a casi tres mil doscientos kilómetros de mi hogar, y estoy tan increíblemente agradecida por haberlo hecho. Desde el momento en que llegué al internado, me sentí muy amada y aceptada, y ahora puedo ver cómo todos esos empujoncitos divinos a los que tuve miedo de prestar atención durante tanto tiempo, eran realmente una evidencia de la dirección de Dios.

Esta experiencia me enseñó mucho acerca de escuchar y seguir a Dios. A veces puede que tengamos miedo de confiar, pero como dice uno de mis himnos favoritos en el Himnario de la Ciencia Cristiana: “Tu suerte no importará/ si guía Amor” (Mary Baker Eddy, N° 160, trad. © CSBD). Es muy tranquilizador saber que lo que nos guía es el Amor divino, así que el resultado debe ser bueno. Lo fue para mí. Confiar en Dios me llevó al lugar donde finalmente encontré el ajuste perfecto.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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