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El cielo y la tierra

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 7 de febrero de 2019


En el primer versículo de la Biblia leemos que “Dios creó los cielos y la tierra”. Los siguientes versículos de este capítulo maravilloso revelan las variadas identidades de esta creación. Finalmente, presenta la idea compuesta, el hombre, cuyo dominio era sobre toda la tierra y sobre todo ser viviente en la tierra.

A lo largo de todo este relato de la creación no se menciona que el cielo sea más espiritual o más eterno que la tierra. Es más, no se menciona el mal en relación con la tierra, y con aquello que saldría de ella. Por lo tanto, el dominio que se le dio al hombre no era el dominio sobre el mal en la tierra, como tampoco en el cielo, puesto que el mal no forma parte de la creación de Dios. El dominio del hombre era el dominio de la idea más grandiosa de Dios sobre todas Sus ideas menores, asegurando el reino de la armonía para el cielo y para la tierra por toda la eternidad. En este primer relato, Dios, el cielo, la tierra y el hombre coexisten en perfección espiritual unificada.

A partir del sexto versículo del segundo capítulo del Génesis, y en todo el tercer capítulo, se encuentra el relato falso de la creación. En esta historia no se menciona la tierra ni el cielo; solo la declaración de que apareció un vapor. Se habla de la mortalidad como si se hubiera formado del “polvo de la tierra”, una definición de la cual es “punto de vista; opinión; creencia”. Por ello se deduce que tanto el cielo como la tierra espirituales son igualmente desconocidos para el error.

A través de las épocas, la humanidad ha creído que debe combinar estos dos relatos contradictorios de la creación con sus inconsistentes creencias; y este sentido errado se ha transmitido de generación en generación. Se ha hecho que Dios y el cielo parezcan tan alejados de la tierra y del hombre, como la paz espiritual lo está de la discordia mortal. Los hombres han llegado a creer que solo al dejar esta tierra pueden alejarse del mal. E incluso esta esperanza no es segura, debido al temor de que haya un infierno en el más allá. Entonces, la muerte ha sido una forma incierta, aunque para ellos la única forma, de escapar de una tierra aparentemente dominada por el mal. Como resultado de esas creencias se ha dejado a la tierra a cargo del mal en nuestro pensamiento, así como al cielo a cargo de Dios. Gracias a Dios, esos conceptos errados han sido revelados mediante la luz que la Ciencia Cristiana arroja sobre la Biblia. En lugar de que el error continúe echando a la humanidad fuera de la tierra, como aquella piensa, ha llegado la hora de que la Verdad elimine el mal del concepto que se tiene acerca de la tierra. Aprendemos que el mal es un mentiroso cuando afirma que ha hecho la tierra, que la posee, la llena, que la ha sembrado, o que engendra el fruto del pecado, la enfermedad o la muerte en ella. El mal no tiene historia, ni en la tierra ni en el cielo.

 Cristo Jesús, cuyo nacimiento fue anunciado por los ángeles al cantar “En la tierra paz”, predicó y probó que el reino de los cielos está aquí. Dondequiera que iba por toda Palestina, demostraba la presencia de Dios y la ausencia del mal en la tierra. Él no habría podido hacer esto si la omnipresencia de Dios no hubiera sido un hecho divino. Jesús nos enseñó a orar: “Hágase Tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. La Sra. Eddy, en todos sus escritos, amplía ese pensamiento y expresa la interpretación espiritual del mismo en estas palabras: “Capacítanos para saber que —como en el cielo, así también en la tierra— Dios es omnipotente, supremo” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 17). Ella define la “tierra” de este modo: “Una esfera; un símbolo de eternidad e inmortalidad, que tampoco tienen comienzo o fin. Para el sentido material, la tierra es materia; para el sentido espiritual, es una idea compuesta” (pág. 585). Sus declaraciones se hacen eco del sentimiento expresado en toda la Biblia en versículos tales como: “Para siempre, oh Señor, tu palabra está firme en los cielos. Tu fidelidad permanece por todas las generaciones; tú estableciste la tierra, y ella permanece” (Salmos 119: 89, 90, LBLA); y “Así dice el Señor, … Yo hice la tierra y creé al hombre sobre ella” (Isaías 45:11, 12, LBLA). 

En la medida en que las declaraciones bíblicas han conmovido el pensamiento humano este ha ido obteniendo lentamente una percepción más verdadera del cielo. Sin embargo, la palabra “cielo” siempre ha simbolizado la total ausencia del mal, a diferencia de la tierra. En la medida en que los hombres han creído en un cielo futuro o ausente, el mal ha parecido ser una realidad presente. Cuando aparece la verdad de que el cielo y la tierra son indivisibles y omnipresentes, cesa la oportunidad o el lugar para que exista el error, ya sea temporal o eternamente. De modo que la creencia de que los hombres deben abandonar la tierra para alcanzar el cielo desaparecerá, y en su lugar permanecerá con ellos la verdadera idea de la tierra y el cielo. Lo único que los hombres necesitan abandonar es el concepto errado de la tierra y el cielo.

Jesús predicó: “Venga Tu reino”, no que es necesario viajar a Su reino. Se presenta una perspectiva muy diferente en el pensamiento cuando, en lugar de pasar por la muerte y buscar un cielo desconocido y posiblemente prohibido, aprendemos que el reino de los cielos, que está en la tierra, viene a nosotros en la proporción en que crece nuestra comprensión espiritual. ¿No es acaso esto lo que Juan experimentó cuando vio “un cielo nuevo y una tierra nueva”? El sentido espiritual de todo le vino de Dios en la isla de Patmos. Él fue elevado en el espíritu para contemplar esto, pero no fue sacado de la tierra.

La Ciencia Cristiana ha venido hoy, como lo hizo Jesús en el pasado, para capacitar a la humanidad a contemplar una tierra nueva, la que es revelada en el primer capítulo del Génesis. La obra de salvación, entonces, se transforma no solo en salvar a los hombres de una creencia maligna acerca de la tierra, sino también en salvar la tierra de las creencias falsas de los hombres. La Sra. Eddy escribe en la página 110 de Ciencia y Salud: “Fue así que contemplé, como nunca antes, la terrible irrealidad llamada el mal. La equipolencia de Dios sacó a luz otra gloriosa proposición; la perfectibilidad del hombre y el establecimiento del reino de los cielos en la tierra”.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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