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No más migrañas

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 9 de abril de 2019


Cuando era niño, sufría de lo que hoy se denominan migrañas. Normalmente, cuando me venía una, mi madre llamaba a un practicista de la Ciencia Cristiana para que me diera tratamiento en esta Ciencia y me aliviaba, me dormía tranquilamente, y me sentía muy bien cuando me despertaba en la mañana.

Sin embargo, en una ocasión, cuando estaba en el jardín de infantes o en primer grado, el dolor no cedía. Mi madre vino y se sentó conmigo a orar. Ella sabía que Dios ama y cuida de Sus hijos, y también sabía por experiencia que la Ciencia Cristiana sana.

Ella se volvió a mí y, llamándome por mi sobrenombre, amorosamente me dijo: “Derry, di: ‘Dios me ama’”. Ahora, esta era una idea que yo había aprendido en la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana y había declarado con frecuencia, pero esta vez, al principio, tercamente me negué a decirla. Finalmente comencé a hacerlo, pero el dolor parecía ser demasiado fuerte, y en cambio dije: “No puedo. No puedo. Me duele mucho”.

Mi madre respondió suavemente, pero con firmeza: “Si puedes decir: ‘No puedo. No puedo. Me duele mucho’, entonces puedes decir ‘Dios me ama’”.

La lógica de esto me llegó a pesar del dolor y tuvo sentido para mí, así que llorando a gritos dije: “Dios… me… ama”.

Al terminar de decir la última palabra, sentí como si una mano suave me pasara ligeramente por la frente de derecha a izquierda, y ¡el dolor desapareció! Ese fue el fin. Estaba libre. Años después me encontré con una promesa en el libro del Apocalipsis en la Biblia que expresaba perfectamente lo que había ocurrido: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá… dolor” (21:4).

Por supuesto, la curación no se había producido por las palabras en sí mismas. Se debía a lo que estaba detrás de ellas. Mi madre me había alentado a reconocer el amor que es Dios, y fue este Amor divino lo que había atravesado el dolor. En Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Mary Baker Eddy explica: “Se requiere valor para enunciar la verdad; pues cuanto más levante su voz la Verdad, más alto gritará el error, hasta que su sonido inarticulado sea silenciado para siempre en el olvido” (pág. 97).

Esta curación tuvo un gran efecto en mi vida. Primero, fue una prueba para mí de que realmente hay un Dios. Sentí la presencia sanadora de Dios. Después, fue una prueba de que Dios de hecho me conoce y me ama y está siempre allí para ayudarme. Cuando recurrimos a Él de todo corazón podemos reconocer Su presencia y amor. He guardado estas lecciones en mi depósito mental y recurrido a ellas con frecuencia en los años que han transcurrido desde entonces. Aplicarlas ha resultado en innumerables curaciones, más pruebas de que aplicar la Ciencia del Cristo sí sana.

Por ejemplo, cuando era joven, las migrañas reaparecieron. Un día, leí en un folleto que las migrañas eran incurables pero podían controlarse con medicamentos. Me rebelé contra esta afirmación y declaré: “¡Oh no, no son incurables! Nada es incurable para Dios, ¡y voy a probarlo!”

Durante alrededor de un año, me di tratamientos de la Ciencia Cristiana mediante la oración. Requirió de diligencia y persistencia, pero llegó el momento en que me di cuenta de que las cosas que en el pasado parecían provocar los dolores de cabeza ya no lo hacían, y supe que estaba sano. Y así era. Esto ocurrió hace décadas, y no he vuelto a tener dolores de cabeza de ninguna índole desde entonces. 

Estoy muy agradecido por haber tenido el privilegio de asistir a una Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana, lo cual me enseñó tantas simples, aunque poderosas verdades acerca de Dios y mi relación con Él; por ser miembro de La Iglesia Madre y sus filiales a lo largo de los años; por la instrucción de clase Primaria de la Ciencia Cristiana de un maestro autorizado de la Ciencia Cristiana; por los Científicos Cristianos que oran desinteresadamente por aquellos que les piden ayuda, con resultados sanadores tan maravillosos; y por Mary Baker Eddy, quien, cuando descubrió esta Ciencia, no se la guardó para ella misma, sino que la investigó profundamente y la compartió con el mundo.

R. Derek Swire 
Flagstaff, Arizona, EE.UU.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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