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Por la humildad superé problemas financieros 
y de empleo

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 17 de mayo de 2019


Finalmente, llegó el día en que recibí mi primer contrato como diseñadora de vestuario con uno de los grandes estudios cinematográficos de Hollywood. Aunque la Ciencia Cristiana me había ayudado en otras ocasiones, el deseo de ganar cada vez más dinero y de tener más importancia y más fama, fue creciendo en mi pensamiento excluyendo todo lo demás.

Dediqué mucho tiempo y esfuerzo para conseguir a la gente y las cosas que, según yo creía, me harían una persona importante. Comencé a sentir resentimiento por el éxito de otros, y empecé a frecuentar lugares y a hacer todo lo posible para que admiraran y procuraran mi personalidad humana. Hice pintar mi oficina de un rosado intenso, y contraté a un agente de publicidad. Me afané mucho por conocer a toda la gente de la prensa. Los invitaba a almorzar y cultivaba la amistad de todos aquellos vinculados con ella. Frecuentaba los clubes nocturnos tres o cuatro noches a la semana porque creía que uno debía hacerse ver. Mi esposo trataba de ayudarme en todo lo que yo quería. Ahora me doy cuenta de que sufrió en silencio, con paciencia y resignación. Esto continuó durante unos once años.

Cuando algo no salía bien o me dejaban de lado por otra persona, llamaba a un practicista de la Ciencia Cristiana y conseguía algún Christian Science Sentinel o The Christian Science Journal y leía un poco hasta que las cosas se tranquilizaban. Luego continuaba con mi tren de vida. Me creía muy sofisticada y hacía todo lo que pensaba que deseaba.

Cuando mis esfuerzos y planes no lograron obtener todo lo que había esperado, decidí ampliar mis actividades. Me pareció que los diseñadores que tenían su propio negocio tenían mucho éxito y eran muy solicitados, de modo que decidí hacer esto también. Abrí mi propio negocio de venta al por mayor de vestidos de alta costura, causando gran sensación y, por cierto tiempo, tuve un éxito tremendo. Entonces el estudio cinematográfico consideró que mis intereses estaban divididos —y, ciertamente, lo estaban— y no me renovaron el contrato, lo cual fue un gran golpe para mí. Para entonces, el negocio estaba en una situación tan crítica que tuve que cerrarlo en medio de grandes disgustos. Muchas tiendas importantes me dijeron que jamás volverían a estar interesadas en nada que estuviera conectado con mi nombre. Al cabo de ocho meses, todo ese mundo que con tanto cuidado había construido por mi cuenta, se derrumbó. Todo, simplemente, desapareció debajo de mis pies. No sólo había perdido todo por lo que había trabajado durante muchos años, sino que mi nombre, que tanto me había afanado por hacer famoso, ahora era sinónimo de fracaso.

No podía obtener un puesto en ningún estudio cinematográfico, no lograba conseguir un empleo en una fábrica. No podía obtener nada en absoluto. Durante dos años permanecí en mi casa sin recibir ni una sola oferta de trabajo de ninguna índole, y luchando con el orgullo, la vergüenza y un profundo arrepentimiento. Siempre había ayudado económicamente a mi madre y a mi hermana con mis entradas, y mi madre, que no era Científica Cristiana, de pronto sufrió un ataque al corazón. Ella no podía aceptar otra cosa que no fuera atención médica, lo que muy pronto consumió todo el dinero que yo había ahorrado.

Debido a los problemas económicos no podíamos ir a ninguno de los clubes nocturnos, algo que, según yo, era tan esencial en la vida. Todas las mañanas me levantaba y comenzaba a estudiar la Lección Bíblica, que se encuentra en el Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana, y a veces continuaba estudiando hasta el mediodía.

Una noche, caí en la más profunda desesperación. Tomé el libro Escritos Misceláneos de Mary Baker Eddy, y se abrió justo donde estaba esta declaración: “La naturaleza del individuo, más terca que la circunstancia, argüirá siempre en su propio favor —sus hábitos, gustos e intemperancias” (Escritos Misceláneos 1883–1896, pág. 119).

Antes no había querido leer esto porque cada vez que lo hacía sentía mucho resentimiento y me decía: “No puedo evitarlo, es mi naturaleza, nací así”. Esta vez me obligué a leerlo y a decir: “Cada una de tus dificultades es el resultado de la ‘naturaleza del individuo’, no de las circunstancias externas ni de la gente que has creído que ha sido injusta contigo, ni de todas las cosas que sientes que te han sucedido”. Comencé a ver que todo lo que había deseado estaba mal y que no había querido ser honesta, ordenada, humilde, bondadosa y obediente. Así fue como me encontré en un camino mejor. La revelación más fundamental fue que podía decir: “Sí, ciertamente, ‘la naturaleza’ —es decir, todas mis necesidades, mis deseos, mis falsas ambiciones y mi orgullo— provocaron todo esto y van a tener que desaparecer”. En síntesis, tenía que estar dispuesta a admitir esto para mí misma. Creo que es, probablemente, una de las cosas más difíciles que uno tiene que hacer. Cuando por fin afirmé: “Sí, tienes razón, voy a ser obediente”, ocurrieron muchas cosas maravillosas.

Recibí una oferta de trabajo. Ese primer año tuve muchas luchas porque me parecía que tenía que resolver gran cantidad de cosas. Todos los días pasaba unas horas al mediodía en la Sala de Lectura de la Ciencia Cristiana de Beverly Hills. Me esforzaba por ser afectuosa, algo que nunca antes había hecho. Todos esos años en que estuve tan llena de resentimiento al ver que otros progresaban más o eran más importantes o mejores que yo, siempre me había sentido muy cansada. Gradualmente, percibí que cada persona es completa, una unidad completa que refleja lo divino. Comencé a alejarme de ese sentido de competencia y a recurrir a mi verdadera identidad y a decir: “Gracias, Padre, tengo todo lo que necesito”. Traté de volverme hacia la Mente, el Alma, en busca del sentido de belleza para el cual había sido creada y que debía reflejar. Aprendí a expresar la alegría que veo, la alegría que siento y la belleza que percibo.

Desde entonces, he trabajado de vez en cuando con ese mismo estudio cinematográfico. En los últimos años se me ha presentado la oportunidad de combinar mi trabajo con viajes al extranjero de una manera que nunca hubiera pensado posible. No puedo decir que he vencido completamente toda ambición falsa, pero he aprendido que un puño cerrado no puede recibir nada. La ambición de “obtener” ha sido reemplazada por el deseo de “dar”. Tengo el sincero deseo de ayudar a otras personas a recurrir a la Ciencia Cristiana para que encuentren lo que me ha traído a mí: el consuelo, la alegría y la comprensión de Dios como Padre-Madre, Amor siempre.

Renie B. Conley
Hollywood, California, EE.UU.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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