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Para jóvenes

Protegida de un asalto

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 5 de marzo de 2019


Era un sábado por la noche, a comienzos de mi semestre en el exterior en una ciudad europea. Me había quedado hasta tarde disfrutando de la compañía de nuevos amigos. Mis compañeras de cuarto estaban haciendo otras cosas aquella noche; y no me di cuenta, sino hasta que llegué a la parada del tranvía, que tendría que regresar sola a nuestro apartamento. Comencé a caminar más rápido a lo largo de varias cuadras oscuras y vacías, y me detuve en una cabina telefónica iluminada afuera del edificio del apartamento para encontrar mis llaves.

Mientras hurgaba en mi bolsa, con mi espalda contra la entrada de la cabina telefónica, de pronto, una voz detrás de mí murmuró: “Hola”.

Al darme vuelta vi que un hombre corpulento estaba bloqueando la puerta. Por la forma en que me miraba me di cuenta de que su actitud no era amigable. Sentí un nudo en el estómago por el temor mientras le decía algo indicando que debía irme. Él no se movió. En cambio, intentó besarme y trató de sujetar la pretina de mis jeans. Logré moverme hacia atrás y bloquear sus manos, pero sabía que no lograría mantenerlo alejado por mucho tiempo.

 No obstante, a continuación, mi temor fue reemplazado completamente por una sensación de fortaleza serena y absoluta. Un mensaje claro llenó mi pensamiento, casi como si alguien lo hubiera dicho en voz alta: Esta no es tu historia. De inmediato me di cuenta tangiblemente de que en realidad no estaba sola. Dios, a quien conocía como nuestro Padre-Madre siempre presente, estaba allí mismo, manteniéndome a salvo.

El hombre seguía estando apenas a unos centímetros de mí, pero era casi como si yo pudiera ver por encima de la situación. Estas instrucciones simples se hicieron muy claras: La próxima vez que tratara de sujetarme, iba a agacharme y a salir corriendo por debajo de sus brazos extendidos. Él vino hacia mí, entonces me lancé fuera de la cabina, y caí sobre la acera. Me puse rápidamente de pie, y cuando me di vuelta para mirar, el hombre había desaparecido.

Un poco conmocionada, pero sintiéndome extremadamente agradecida, entré en mi apartamento y me preparé para irme a la cama. El mensaje que había recibido en la cabina telefónica —Esta no es tu historia— fue una guía útil sobre cómo pensar acerca de lo que acababa de ocurrir. No iba a obsesionarme con los atemorizantes momentos que había vivido ni en lo que podría haber ocurrido. En cambio, podía seguir adelante con la verdadera historia: que Dios, el bien, es la fuente confiable de nuestra seguridad, y nadie puede jamás estar realmente fuera de Su cuidado.

Se me ocurrió que otro aspecto importante de avanzar era ver a ese hombre de forma diferente. Si bien sus acciones lo rotularían como un delincuente, mi estudio de la Ciencia Cristiana me había enseñado que esa tampoco era su historia. Cada individuo está hecho a imagen y semejanza de Dios; la imagen y semejanza del bien puro. De modo que, así como Dios no había creado a una mujer vulnerable, Él tampoco podía crear a un hombre abusivo. Si bien lo que ese hombre había tratado de hacer ciertamente no era correcto, sentí que necesitaba orar y ponerlo también bajo el cuidado de Dios, y confiar en que él podía tomar conciencia de su verdadera identidad, libre de todo impulso violento o impuro.

Estas oraciones me trajeron suficiente paz como para dormirme aquella noche y continuar mi maravilloso semestre en el exterior con completa confianza y libertad. Sí, me aseguré de no estar sola afuera tarde en la noche otra vez, pero también aporté una mayor comprensión del cuidado protector de Dios a todas mis actividades.

Esta experiencia ha sido un importante apoyo para mí en los años que han transcurrido desde entonces, al vivir en una ciudad, tomar transporte público, viajar y socializar con hombres, sin sentir ningún trauma. También me ha dado una forma de responder cuando escucho relatos de acoso o asalto: Oro para que todas las mujeres y hombres puedan saber y sentir que “esta no es tu historia”. La realidad siempre es que nuestras identidades espirituales son nuestras verdaderas identidades —sin tacha, protegidas, amorosas y amadas— y que “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmos 46.1).

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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