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Para jóvenes

Cuando enfrentas lo desconocido

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 22 de junio de 2020


Durante 16 años, mis estudios habían sido la estructura de mi vida. Ahora todo eso había terminado. Acababa de graduarme de la universidad y completado un proyecto de verano; se suponía que debía estar preparada para enfrentar el futuro. Pero no me sentía lista. Se avecinaban decisiones (¡muy importantes!): qué hacer, por dónde empezar, a dónde ir. Tenía miedo de tomar malas decisiones.

Mis amigos parecían tener todo planeado. Pero yo estaba abrumada… y estresada. El dinero que había ganado durante el verano no duraría mucho, y necesitaba un trabajo. También requería dirección y un sentido de propósito.

 Lo que más predominaba en mi pensamiento era la relación en la que estaba, la cual tenía que avanzar o terminar. Él estaba en Massachusetts; yo estaba en el medio oeste. Volé para verlo, pero para el fin de semana continuaba sintiéndome en conflicto. Atardecía, la noche antes de viajar de regreso, cuando escuché las campanas de La Iglesia Madre, La Primera Iglesia de Cristo, Científico, en Boston. 

Había un servicio religioso vespertino, y caminé para asistir. Me sentí como en casa, ahora bien arraigada. Las lágrimas me rodaban por las mejillas cuando cantamos un himno de Mary Baker Eddy, el cual comienza: “La colina, di, Pastor, cómo he de subir” (Escritos Misceláneos 1883-1896, pág. 397). Era mi propia oración del alma.

De regreso en el hotel, continuaba orando con todo mi corazón, cuando noté sobre el escritorio la Biblia Gideon, y la abrí en Salmos. Al bajar la mirada vi lo siguiente: “Dios está en medio de ella, no será sacudida [esto me decía abrumada]; Dios la ayudará al romper el alba [esto me decía ahora]” (Salmos 46:5, LBLA). Lo leí una y otra vez, sintiendo una ráfaga de consuelo y seguridad. En ese momento fue claro para mí que esa relación no era la correcta, y sentí verdaderamente que Dios estaría conmigo —y con él también— y me dio valor, paso a paso. Sentí un alivio muy grande y dormí toda la noche.

Todo el camino a casa, pensé en esa promesa de la Biblia, y en la autoridad y ternura divinas que la respaldaban. Sentía que ¡Dios me había dado ese mensaje justo cuando lo necesitaba! Supe con más convicción que podía seguir avanzando, sin temor de lo que pudiera ocurrir, confiando en que Él me dirigiría y protegería a cada paso del camino. Tenía la seguridad de que al avanzar no andaría a tientas por mi cuenta; Dios me estaba apoyando, Dios me estaba sosteniendo.

Aunque me habían dicho que nadie estaba contratando a quien tuviera título en inglés —¡yo!— el día que llegué a casa, anunciaron un puesto en una compañía prominente que se ajustaba exactamente a mis aptitudes. Solicité el puesto y me contrataron. Quedaba tan solo a 16 kilómetros de mi papá, y él me invitó a vivir en casa para que yo pudiera ahorrar dinero. Muy pronto después de eso, se desarrolló una maravillosa relación con el compañero de cuarto de la universidad de mi hermano mellizo. Nos casamos al año siguiente.  

Lo interesante de todo esto fue que yo no sabía, o incluso no sentía la necesidad de saber, qué pasaría. Sin embargo, después de aquel fin de semana en Boston, todo mi temor acerca del futuro y de cometer errores desapareció. Esta línea del Himno 169 del Himnario de la Ciencia Cristiana me ayudó: “No pido ver más allá; / un solo paso para mí suficiente es” (según versión en inglés) (John Henry Newman).

Un solo paso. Sorprendentemente, me sentía cómoda con eso. En lugar de ser un trabajo pesado, cada día era una nueva aventura de confiar en Dios. Día a día, me señalaba el camino. Jamás volví a sentirme como los objetos y desechos que flotan interminablemente en el océano. Dios me había afianzado, y yo había comenzado a aprender que mi propósito, cualquiera fuera la forma que tomara, siempre sería el mismo: glorificar a Dios en todo lo que hiciera.

Tal vez estés luchando con tus propias incógnitas ahora mismo. Y quizás parezca haber muchas: la salud, los estudios, las finanzas, incluso el futuro en general. Pero en lo más profundo de cada uno de nosotros está la ley de la totalidad y bondad de Dios. Esta “en medio de nosotros”; en el centro de nuestro ser. Y esta ley —firme, sólida, segura— siempre puede dirigirnos, corregirnos y protegernos cuando la reconocemos y recurrimos a ella. Mi experiencia probó cuán sólida como la roca es esta ley del Amor. Es la naturaleza del Amor divino: incesante, incondicional, invariable, no importa qué estemos enfrentando.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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