Día tras día, se oye hablar de tanta violencia de toda clase, que es muy fácil adoptar una actitud insensible hacia ella.
¿Se nos presenta acaso la tentación de pasar por alto este problema en la creencia de que la violencia es simplemente parte de la naturaleza humana que debemos aceptar? ¿O vemos acaso a la violencia como gigantesca bestia indomable a la que sólo podemos tratar de contener? Tenemos que saber que la violencia no es parte de la naturaleza de Dios y que, por lo tanto, le es ajena al hombre ya que, en realidad, el hombre es la expresión perfecta del Amor divino.
Como siempre ha sido el caso, la violencia que se manifiesta en el mundo representa pensamientos individuales de antagonismo, frustración, rebeldía, egotismo, etcétera. Ciertamente estos rasgos pueden sanarse, pero solamente mediante la progresiva expresión por parte de cada uno de nosotros de las cualidades del Cristo. Como lo expresa Pablo: “Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios”. 2 Cor. 10:4;
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