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Dios es la respuesta

Del número de mayo de 1990 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


Para muchos, encontrar a alguien con quien compartir una relación permanente puede ser un anhelo insatisfecho que causa estragos a la felicidad. Cuando yo era adolescente, lo más importante en mi vida — y en la vida de muchas de mis amigas — eran los muchachos. Me sentía terriblemente insegura y necesitaba ser especial para alguien a fin de sentirme importante. Para mí, eso significaba tener un novio.

Cuando no tenía un compañero constante, sentía como si hubiera un gran vacío en mi vida; y la parte de mi ser a la cual no parecía faltarle nada, estaba llena de depresión y lágrimas de “¿qué hay de malo en mí?” Aun cuando tenía novio, nunca podía disfrutar de esa relación. Siempre estaba convencida de que yo no era lo suficientemente buena para él y que encontraría a otra que le gustara más que yo. Esta era, definitivamente, una situación que no podía tener éxito: me sentía desdichada cuando no tenía lo que quería y angustiada de perderlo cuando lo tenía.

Aunque había dejado de ir a la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana, todavía hojeaba algunas veces los ejemplares del Christian Science Sentinel de mi madre. Cada vez que encontraba un artículo acerca de compañerismo o de amor, me detenía y lo leía, esperando encontrar la solución mágica. Pero la solución que yo quería era tener un novio y que el artículo me dijera cómo orar para conseguir uno. Yo no quería orar para ver mi compleción como imagen de Dios o comprender que debido a que el hombre es totalmente espiritual, el reflejo de Dios, realmente no había un vacío en mi vida. No quería oír que no necesitaba de otro ser humano para sentirme especial, digna y feliz. Así que siempre dejaba el Sentinel desilusionada.

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