Uno De Los relatos bíblicos en el que a la gente le gusta pensar, especialmente en la época de Navidad, es el viaje que los Reyes Magos hicieron para adorar al niño Jesús. Véase Mateo 2:1–12. La llegada de estos viajeros, portadores de presentes, que venían de otro país para rendir homenaje al bebé que un día sería plenamente reconocido como el Mesías, es evidencia temprana de que la vida de Jesús tenía un significado que trascendería mucho más allá de un tiempo o de un lugar en especial.
Lo esencial en este relato es la manera humilde en que esos Reyes Magos estuvieron dispuestos a seguir una estrella, que ellos sentían con certeza, les indicaría el lugar donde podían encontrar a este bendito niño. Ellos demostraron sabiduría al reconocer el significado de la estrella y en la obediencia con que siguieron el rumbo que ella les indicaba. Quizás hubo otros que también percibieron la estrella pero continuaron con lo que estaban haciendo en vez de seguirla.
¿Se preguntó alguna vez cómo hubiera reaccionado usted? ¿Habría abandonado su ámbito familiar para seguir a la estrella? ¿O hubiera continuado con sus tareas habituales? ¡Esta pregunta no es tan hipotética como puede parecer a primera vista! En un artículo llamado “Navidad” en Escritos Misceláneos, Mary Baker Eddy dice: “La estrella que con tanto amor brilló sobre el pesebre de nuestro Señor, imparte su luz resplandeciente en esta hora: la luz de la Verdad, que alegra, guía y bendice al hombre en su esfuerzo por comprender la idea naciente de la perfección divina que alborea sobre la imperfección humana, que calma los temores del hombre, lleva sus cargas, lo llama a la Verdad y al Amor y a la dulce inmunidad que éstos ofrecen contra el pecado, la enfermedad y la muerte”.Esc. Mis., pág. 320.
Esto nos indica que la estrella siempre radiante de la Ciencia divina que guió a esos primeros buscadores de la Verdad, nos sigue llamando hoy de la misma manera. Aún sigue brillando para todos en formas renovadas de luz radiante, que anuncia la misma promesa que iluminó los corazones y las esperanzas de los Reyes Magos: la promesa de hallar al Mesías o Cristo. Ahora como entonces, el Cristo no es en sí mismo ni por sí mismo, sino la idea verdadera de Dios que Jesús representó y demostró en su ministerio sanador.
Podemos legítimamente pensar que las publicaciones periódicas de la Ciencia Cristiana, las Salas de Lectura, los servicios religiosos de las iglesias filiales, las Escuelas Dominicales, las conferencias y todo lo demás y sobre todo, nuestra propia vida cristiana personal, son aspectos de la luz incesante de la estrella de Belén. Mediante éstos y otros medios, el camino se ilumina para que cada uno encuentre para sí mismo, la idea-Cristo, que está esperando ser reconocida en el pensamiento. Podemos orar y trabajar activamente para ayudar a la humanidad a contemplar y a seguir el precioso lucero matutino de la Ciencia divina que nos guía al pesebre de mansedumbre que acuna a la idea-Cristo.
Realmente no fue una coincidencia que haya sido la luz de una estrella la que señaló el camino hacia el mensajero de Dios; porque todos aquellos que se toman el trabajo de mirar hacia arriba pueden ver una estrella en el cielo. Permanece escondida sólo para aquellos que se alejan de ella o están demasiado enceguecidos por la creencia material para percibirla. Más importante aún es que hasta la estrella que ha sido ignorada (quizás por siglos), sigue no obstante, inmutable en el cielo nocturno, para ser vista y valorada.
Mi propia experiencia me ha convencido de esto. He descubierto que se puede estar caminando cada día y muchos días junto a la luz tan atractiva de la estrella de Belén, y no prestarle atención. ¡Pero aún así no se da por vencida! Siempre está allí hasta que finalmente uno se detiene, la reconoce y sigue la dirección que ella le señala.
Cuando yo era pequeño, mi mamá solía acompañarme al colegio todas las mañanas. Durante el trayecto, pasábamos delante de una Sala de Lectura de la Ciencia Cristiana. Tiempo después, ella me comentó que al regresar a casa, siempre se detenía a leer en la vidriera la Lección Bíblica que estaba marcada. A esa edad, no presté atención a la Sala de Lectura. Cuando comencé la escuela secundaria, esa Sala de Lectura se mudó justo enfrente de mi colegio. A menudo, me paraba frente a ella esperando que me vinieran a buscar para ir a casa, pero nunca miré hacia adentro.
Cuando entré en la universidad, descubrí que uno de mis amigos más íntimos, había sido alumno de la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana. En nuestro último año de la universidad, mi amigo decidió hacer reuniones para un grupo de Científicos Cristianos dentro de la universidad. Sin embargo, ni siquiera este “destello” de luz pudo abrir mis ojos a lo que era una propuesta de la Ciencia divina. Fue sólo cuando otro amigo mío, decidió asistir a esas reuniones y comenzó a hablar acerca de algunas de las ideas que allí se escuchaban, que finalmente comencé a prestar atención.
Un día, cuando estábamos en un negocio que vendía libros de segunda mano, él vió un ejemplar del libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud, y se ofreció a comprármelo como regalo. Yo acepté y después de leer el primer capítulo, “La oración” supe que había encontrado algo de indescriptible valor. A medida que lo estudiaba, fui advirtiendo que mi vida se iba regenerando. Finalmente estaba siguiendo a la estrella hacia el pesebre que cobijó al “niño” de la curación mediante el Cristo.
Tal como los Reyes Magos en los tiempos de Jesús, hoy en día, también hay corazones que anhelan alcanzar una renacida comprensión del Cristo redentor. Podemos esperar que sus oraciones — su deseo puro de conocer a Dios — sean totalmente respondidas. Deberíamos mantenernos alerta para darnos cuenta de qué manera podemos llegar a ser parte de la respuesta a la oración de alguien, al reflejar nosotros mismos la luz de la Verdad, expresando la consciencia del bien, que atraviesa la oscuridad del materialismo y señala un camino mejor.
No sabemos qué sucedió con los Reyes Magos después que regresaron a su país, pero cada uno de nosotros que se hace eco de ese ejemplo de lealtad a la guía del Amor divino, sabe lo que ha significado para nosotros encontrar el Cristo. Sobre esa base, podemos compartir la curación preciosa de Dios y el don salvador de la Ciencia divina del Cristo, con mucha, mucha más alegría que la que sentimos cuando les damos a nuestros seres queridos los regalos navideños especialmente elegidos. El don de la Ciencia divina, puede señalar el camino a un corazón que está anhelando ir en pos de la estrella de Belén, hacia la Verdad divina que alegra, guía y bendice. Todo lo que sucede a continuación, temores ya calmados, la desaparición de las cargas y la búsqueda de respuestas en la Verdad y el Amor, que ofrecen la “dulce inmunidad... contra el pecado, la enfermedad y la muerte”, hará progresar nuestra demostración de la Vida eterna.
